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Por Guillermo Cano Isaza

El Espectador, 4 de marzo de 1979

Cuando conocimos el texto de la insólita carta del señor general ministro de Defensa de Colombia, Luís Carlos Camacho Leyva, a un catedrático de una universidad de los Estados Unidos -y decimos insólita por sus términos descomedidos cuando no ofensivos que hacían evidente contrate con los comedidos y respetuosos de la comunicación a que se daba respuesta- creímos que bastaba la simple lectura para establecer las diferencias de forma y de fondo y que la opinión pública se formaría un criterio propio respecto de las dos notas. Pero desarrollos posteriores nos obligan a hacer algunas consideraciones que encontramos conducentes y necesarias sobre este espinoso asunto, que no son las primeras y, desgraciadamente como van las cosas, no parecen ser las últimas que se produzcan alrededor de las supuestas o reales torturas y violaciones de los derechos humanos en nuestra patria.

Divulgada dentro y fuera de Colombia la carta del general ministro Camacho Leyva al catedrático estadounidense se hizo pública también dentro y fuera del país una respuesta inmediata del escritor Gabriel García Márquez quien, por otra parte, jamás ha hecho de su compromiso ideológico un secreto. Infortunadamente, aquí en Colombia, la respuesta del novelista fue transcrita de manera incompleta y, lo que es más grave, recibió un tratamiento inadecuado en la primera página de uno de los diarios más importante de Bogotá. Quienes hayan leído el texto publicado inicialmente, olvidando el titular de El Tiempo, habrán encontrado que el elogio que en ese titular se mencionaba para el presidente Julio César Turbay Ayala no existe en parte alguna en la carta de García Márquez y, en cambio, sí una terminante censura y una clara crítica al contenido de la epístola del ministro-general. El único elogio en las declaraciones de García Márquez fue para la invitación -más irónica que formal- que el general Camacho Leyva hacía al profesor norteamericano para que visitara Colombia, al tiempo que lo “informaba”, entre otras cosas, de la exacta localización geográfica del país mediante una extravagante cita de textos elementales de enseñanza escolar, sobre coordenadas y algo más. García Márquez elogiaba sí tal invitación pero a un mismo tiempo se permitía sugerir al presidente Turbay que ella se ampliara a tres periodistas que, merecida o inmerecidamente, gozan de universal respeto y reconocida influencia.

Algunos columnistas de la prensa colombiana han reaccionado en términos que respetamos pero que no compartimos, contra esta apertura del escritor colombiano. Nosotros creemos que el meollo de asunto tan grave y delicado no radica en quién o quiénes sean los invitados ni quién ni quiénes los invitantes, sino en que, con razón o sin ella, nuestro país es en estos momentos, justa o injustamente, un punto en el mapa del mundo hacia el cual se han vuelto, de la noche a la mañana, los ojos de muchas personas y que debido a ello, mientras más y más completa claridad se haga sobre lo ocurrido o pueda estar ocurriendo -ojalá no llegue a ocurrir jamás- en materia de torturas y violaciones a los derechos humanos, mejor será para Colombia, para los colombianos en particular y para el género humano en general. Consideramos que es imprescindible no olvidar jamás -y así se dice en impresionante escrito grabado en material no fundible a la entrada del horrendo infierno que fue el campamento de Dacha- que el holocausto judío sucedió allí y la forma espantable como ocurrió y de qué manera se atropellaron y se violentaron la vida, la honra y los bienes de millares y millares de hombres. Todo ello no pasó sólo en Dacha sino que se repitió, a veces perfeccionado el genocidio, en otras partes de la Alemania nazi y en otros lugares, en tierras ocupadas por los rusos.

Durante la época de la pre-guerra y durante ella Hitler jamás aceptó -ni Stalin tampoco- que bajo sus órdenes y en sus territorios o en los ocupados se estuvieran cometiendo torturas y asesinatos tan atroces. Una tímida o complaciente opinión internacional a la que se agregó una opinión interna aterrorizada mantuvo esos y otros muchísimos delitos contra los derechos humanos no sólo impunes sino que se los toleraba cuando no se estimulaba. En cuántas otras épocas de la historia de la civilización humana -monstruosos genocidios similares no ocurrieron o están ocurriendo, en pequeña o grande escala, mientras nos debatimos en estériles polémicas semánticas o sofísticas sobre quién es más culpable o inocente, si quien tortura para que no haya torturas o quienes torturan para vengar a los que torturaron.

Que lo siguiente quede muy claro: no estamos de ninguna manera comparando la situación interna de la Colombia de hoy con la de Europa convulsionada y ensangrentada de los fascismos triunfantes. Por el contrario: esos son tiempos pasados que ciertamente no fueron los mejores y los cuales tardíamente nos estremecieron y nos indignaron. Como tampoco comparamos a la Colombia de hoy con épocas no tan lejanas y aun actuales de una Cuba con su paredón enrojecido de venganzas; con la Chile pinochetizada y torturada; ni con la Argentina, no con el Uruguay, conducidas por las extremas a la monstruosa orgía sangrienta de los unos contra los otros; ni a la China de Mao, con su revolución cultural a costa de la expropiación de las conciencias; ni con la España, implacablemente oprimida por el franquismo, donde -diente por diente, ojo por ojo- una checa izquierdista asesinaba y unacheca derechista masacraba, disputándose el campeonato mundial de la impiedad y de la crueldad. No la compramos tampoco con la Colombia de ayer, la del binomio siniestro o la del general jefe supremo, cuya dictadura triunfó en un golpe cuyo origen algo tuvo que ver con un solo caso individualizado de tortura. Entonces, aquí como allá, no hubo pruebas concretas inmediatas -o no fue posible obtenerlas a tiempo- sobre lo monstruoso que había sucedido.

Pero en cambio abundaron, como abundan hoy, respuestas estereotipadas a las protestas y a las denuncias: “Nadie ha sido torturado”, “nadie ha sido irrespetado en sus derechos”, “los invitamos a que comprueben sobre el terreno que todo son infundios y mentiras de la oposición”, “no podemos tolerar que intervengan personas extrañas en nuestros asuntos”, “son tácticas subversivas para desviar la justicia”, ¿Cuántas frases como estas y otras similares no hemos escuchado o leído en todos los medios de comunicación, sobre todo en aquellos sometidos a la mordaza o la información dirigida”, mientras las voces de los familiares y amigos de los torturados o asesinados jamás lograban traspasar la impenetrable muralla de lasverdades oficiales? Hasta que un día inexorablemente se levanta el telón y, como en el holocausto judío, aparece en la escena la espantable verdad y se descubre en una oscura e inmunda buhardilla el diario de una niña donde se escribió con espontánea veracidad la historia terrible de los sufrimientos y vejámenes a que estuvieron sometidos millones de seres humanos.

Nosotros nos apartamos, seria y responsablemente, del criterio de quienes creen que es más útil a la democracia callar o disminuir sus posibles errores o desviaciones, a denunciarlos y pedir que sobre ellos se haga a tiempo, y no después cuando ya todo se inútil, plena claridad y se corrijan. Porque con las mejores intenciones se han cometido los peores pecados. Nada, pues, sobra y en cambio sí falta mucho para alcanzar una vida institucional, democrática, liberal y justa, lo menos imperfecta posible, para que exista en realidad una diferencia notable y concreta con los demás sistemas. Si esa en apariencia pequeña diferencia no existe, ¿para qué entonces hacemos hipócritas profesiones de fe democráticas y liberales?

Jamás saldrá de nuestras plumas una apología del delito, cométalo quien lo cometiere. No lo hemos hecho, no lo haremos. Pero por eso mismo tenemos derecho a negarnos a permanecer indiferentes o silenciosos cuando se escuchan voces, solitarias o a coro, que anuncian que algo grave ha podido o puede estar ocurriendo. Preferimos hacernos presentes de inmediato y cuantas veces sea necesario, aun a riesgo de pecar de ingenuos, si llegan a nosotros advertencias de que por ahí anda suelto en predios colombianos el lobo torturador, aunque el lobo aún no haya cobrado víctimas, o sencillamente esté disfrazado con la piel de oveja. Porque cuando el lobo torturador realmente llega y con él su manada nos puede devorar a todos, por incrédulos, por indiferentes o por cobardes, y entonces ya no habrá nada que hacer.

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