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Por Guillermo Cano Isaza

El Espectador, 1 de septiembre de 1972

Los Juegos Olímpicos Munich 72 han comenzado. La vieja ciudad alemana ha dejado de ser una sola ciudad. En realidad desde comienzos de agosto Munich es cuatro ciudades en una.

Munich: la ciudad de siempre, con toda su historia a cuestas, una historia que se recuerda con admiración y con horror. La cervecería del Putsch de Hitler recuerda el horror. El carillón de la antiquísima y hermosa catedral en Marienplatz en cambio encanta, hipnotiza, deslumbra.

Munich: la ciudad olímpica. Más de diez mil personas concentradas dentro de la villa olímpica constituyen una Babel de los tiempos modernos. Dentro de esa ciudad se hablan y se entienden mujeres y hombres de cinco continentes. Es una ciudad sui géneris donde se convive, se coexiste pacífica, alegremente. Diríase que dentro de esos enormes bloques de cemento y alrededor de sus parques y campos, se ha logrado el prodigio de vivir en paz.

Munich: la ciudad de la prensa. Cuatro mil, cinco mil periodistas, fotógrafos, camarógrafos, técnicos especializados, informan al mundo, al segundo, los grandes y pequeños hechos de la edición veinte de los juegos olímpicos modernos. Dentro de esa gran multitud de profesionales de la prensa, no todos han llegado a esta ciudad dentro de la gran ciudad a escribir sobre deportes o a presenciar unas competencias deportivas. Han caído también, como abejas sobre miel, sobre los problemas políticos del mundo que se trasladaron de un momento a otro a Munich con todas sus grandezas y todas sus miserias que se encierran en su trasfondo.

Munich: la ciudad turística. Decenas de miles de gentes de todo el mundo han copado los hoteles, las pensiones y hasta las casas de los muniqueses, que como suele suceder cuando se programan acontecimientos de esta naturaleza, “huyeron” de su ciudad hacia las montañas y hacia los campos aprovechando una doble excusa: las vacaciones escolares de verano y su “espíritu cívico” que les “aconsejó” sacrificar su casa para acomodar a un turista. Esta otra ciudad, la que ha sido invadida por los extranjeros y por los alemanes de otras regiones, tiene iguales características a las dos anteriores: la multinacionalidad de sus habitantes, que se mueven por las salas, bares y grilles de los hoteles de gran lujo, o que colman las cervecerías, o salen de cacería pornográfica -curiosamente los más asiduos cazadores suelen ser los latinoamericanos- o que compran localidades en taquilla que tuvieron un precio máximo de 30 marcos y que ahora valen en el mercado negro, si se consiguen, cuatrocientos o quinientos francos.

Son cuatro ciudades distintas, dentro de una sola ciudad verdadera. Este milagro se ha venido repitiendo en las últimas décadas bajo el pretexto de los juegos olímpicos mundiales. México hace cuatro años también fue una ciudad que se volvió cuatro ciudades…

Lo que ahora uno debe preguntarse es si este colosal gigantismo que afecta las competencias olímpicas las hace practicables en el futuro. Montreal, en el Canadá, es la próxima sede. ¿Podrá repetir lo que acaban de hacer México y Munich? Posiblemente lo logre. Al fin y al cabo Canadá no es un país subdesarrollado ni pobre. Es un país también rico. Pero lo que resulta absolutamente claro es que los juegos olímpicos modernos se han vuelto una artículo de lujo, totalmente dominado por las urgencias del gran consumo, plataforma para inversionistas tan colosales que, comparadas con el presupuesto colombiano, significan diez, quince, veinte, treinta veces nuestra cifra de inversión jamás proyectada.

Pero además los juegos ya no son juegos… Acaso jamás lo fueron. Los Juegos Olímpicos, cuyo espíritu y esencia es la competición pacífica por triunfos del músculo y de la inteligencia, de la disciplina y de la preparación, han perdido por completo esta su más admirable característica.

En las pistas y en los estadios y en las piscinas, es cierto, se sigue compitiendo con ardentía por la victoria. Pero alrededor de las piernas de un atleta, de los puños de un boxeador, de los brazos del nadador, del movimiento rítmico de los gimnastas, está el virus político invadiendo, cancerosamente, todo el espectáculo.

Aquí en Munich, ocho días antes de su soberbia inauguración, los juegos estuvieron a punto de fracasar. Porque se jugó a la política. El caso de Rodesia provocó una revuelta africana y una toma de posiciones y de conciencia no sólo de países sino de hombres, colectiva e individualmente.

El problema se resolvió poco decorosamente. Como poco decorosamente había sido planteado. La expulsión (que no otra cosa es la fórmula disfrazada para evitar su participación) de Rodesia no resolvió, en el fondo, absolutamente nada. El virus quedó latente. La operación fue mal hecha, y peor tratado el período ante el pos-operatorio.

En México, hace cuatro años, asistimos asombrados y electrizados a la rebelión del poder negro en los Juegos Olímpicos. El puño negro cerrado en alto y tres grandes campeones imbatibles desafiando a los símbolos nacionales de su país, marcaron indeleblemente la insurgencia de un programa político-racial dentro de las competencias olímpicas. Entonces también fue mal tratado el problema y el virus está aquí en Munich a la vista de todos, aflorando de manera sistemática, con impredecibles desarrollos en momentos de escribir lo que estamos comentando.

Mas el problema de los juegos olímpicos convertidos en juego político no es cosa de los últimos y más recientes tiempos. En Munich, valga el ejemplo, se está borrando la jugarreta política que Adolfo Hitler planificó en 1936 en Berlín. La raza pura, blanca, que el führer quería exhibir al mundo como superior y única, cayó vencida varias veces por un campeón de color, el inolvidable Jesse Owens. Tal ofensa jamás la perdonó Hitler. No la perdonó dentro del propio estadio donde fue testigo de la derrota. No la olvidó después. Había en estos juegos de Berlín más política que juegos. Y Hitler lo sabía…

Ahora se quiere borrar lo que Hitler ejecutó con el codo. Eso es evidente. Munich desea que los juegos políticos de Berlín pasen al olvido.

Lamentablemente los de 1972, también son otros juegos olímpicos políticos aunque con otras dimensiones y otras causas.

Acaso no deberíamos lamentar que los Juegos Olímpicos no sean tan solo Juegos Olímpicos. Debemos recordar que el origen matriz de estas competencias, viene desde Grecia y que no en vano su principal y más hermosa y más difícil competencia, la carrera de maratón, fue copiada de la gran marcha de un guerrero para salvar a Grecia de un momento crítico en su vida. Esa marcha fue una jugada guerrera y un juego político.

Dentro de cada una de las cuatro ciudades diferentes que hoy en Munich 72 ondean banderas de todo el mundo; se ríe, se canta, se conversa y se emborrachan los hombres y las mujeres en el gran escenario de reconciliación y de amistad universal…

Pero entre telones están las guerras y están las luchas por el poder y están las diferencias políticas moviendo sus fichas, desuniendo a los pueblos, dividiendo a las razas, separando a los países.

No… Los Juegos Olímpicos, ya no son Juegos Olímpicos…
Tal vez nunca lo fueron…
¡Seguramente jamás lo serán…!

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