Por: Pablo Nicolás Burgos
Finalista de la primera versión del concurso Relatos de País
El fotógrafo recuerda la frase de una canción: cuántos caminos debe un hombre recorrer antes de ser llamado un hombre. Pensó sonriendo: cuántas piscinas debe un hombre nadar antes de ser llamado un nadador. Recordó a la profesora con la que trabajó varios años documentando la memoria de su país, de Colombia. Ella le puso un apodo: el hombre de los ríos. Parece que no había río que cruzaban que no fotografiara, y si le daban la oportunidad, no había río que fotografiaba en el que no nadara.
El tiempo le fue pasando al fotógrafo, las nieves del tiempo en su frente marchita, nadador y parrandero, cinéfilo, hijo de escritor, sus recuerdos son un rompecabezas de imágenes vividas, canciones escuchadas, libros leídos y películas vistas. Piensa en la muerte de su padre y piensa que él morirá a la misma edad. Escuchó alguna vez a un actor decir eso, que creía que iba a morir a la misma edad en la que murió su padre, que muchos hombres piensan lo mismo. El actor contaba esto con una gran sonrisa. Había superado esa edad ya hacía tres años y vivía cada día de más como un gran regalo. “Días de más”, así dijo el actor.
Reconoce entonces el fotógrafo que desde hace ya años su vida dejó de moverse como un tren hacia el futuro, el tiempo es un tren que hace del futuro pasado, y se volvió una cuenta regresiva. Para él, y desde cualquier punto de vista, es ya mucho, muchísimo más lo vivido que lo que queda por vivir. Son muchos más los años que quedan atrás que los que se ven hacia adelante.
Sentado el fotógrafo en la última fila de una chiva recuerda. Recuerda al investigador con el que trabajó, que le dijo, rumbo al sur oriente antioqueño, que no fuera a decir “chiva”, que esa palabra es muy gomela. Que se dice “escalera”. Recordó cómo aquella vez recordó a la mujer en Amalfi que hablando de un señor por el que le preguntaron, dijo: no, pero si a ese señor lo mató una escalera. Pensó: ¿qué será? ¿querrá decir que se cayó de la escalera? ¿Le cayó una escalera encima? No, al señor lo había atropellado una chiva.
Pensó el fotógrafo en las tantas traducciones en un país que es muchos países, en tantas nacionalidades que abarca la nacionalidad colombiana. Muchas personas que tienen dos nacionalidades siendo colombianos. Que son sáliba y son colombianos, que son nasa y son colombianos, que son wounaan y son colombianos, que son wayuu y son colombianos.
Pensó en los africanos esclavizados que llegaron a estas tierras. Pensó en que ser afrodescendiente del Pacífico es también una suerte de doble nacionalidad, ser africano y ser colombiano. Recuerda Cartagena, la tierra de su padre, tierra también de su infancia, piensa en los afrodescendientes del Caribe. Piensa en Marta, la mujer negra que los cuidaba de niños, a él, el fotógrafo, y a su hermano. Y Jorge, su amigo, hermano de Marta, que les enseñó a pescar y les enseñó a usar las herramientas de Esteban, su padre carpintero, y construyeron unos barquitos con los que jugaban en la bahía. Amarraban los barquitos con una cuerda de cometa. Lindo recuerdo ese, linda imagen, en vez de jugar con carritos, jugaban con barquitos en la bahía y navegaban los barcos de juguete como volando cometas.
Muchas sangres tiene el ser negro del Caribe colombiano, africano y mestizo, sangres árabes y china y zenú. Muchas sangres, muchas lenguas en una lengua. Recordó la casa que los abuelos tuvieron cerca a lo que había sido un palenque, un pueblo de negros libres, llamado Manzanillo del Mar. Oculto detrás de tres morros, entre el mar y la ciénaga, se llegaba bogando por la ciénaga grande y él de niño veía a esos bogas, su amigo Javier, niño como él, y su amigo Fabio. Todos allí se apellidaban Manrique o se apellidaban Alvarado. Unos eran Alvarado Manrique, como Fabio, otros Manrique Alvarado, como Javier. Los veía el fotógrafo, cuando fue niño, como héroes de libros de ficción, sus torsos, sus músculos, su fuerza. Colombianos venidos de muy lejos. Colombianas hijas, colombianos hijos, de hombres y de mujeres esclavizadas que lucharon su libertad y fundaron palenques. ¿Por qué el palenque de San Basilio se convirtió en San Basilio de Palenque? Quizás el símbolo de la libertad tenía que convertirse en nombre, convertirse en apellido y en lugar con mayúscula. Un lugar llamado Libertad.
Su abuelo, el abuelo del fotógrafo era negro. Hijo de Josefa. Quizás Josefa habría nacido esclava. Tuvo ella doce hijos con un cura vasco de apellido Berastegui. Algunos de los hijos habían después pedido su apellido paterno. El abuelo no, llevaba el apellido de su madre con orgullo. Decía con la cabeza en alto ser bastardo y serlo con orgullo. Ser hijo de una mujer esclavizada que había muerto libre. Pensaba el fotógrafo, recordaba su estirpe, a su abuelo que había trabajado de niño llevando la correspondencia al lazareto de la isla de Tierra Bomba y ya de adulto había logrado tener una casa en el barrio de Manga, frente a la bahía de Cartagena. La bahía en la que él de niño navegaba barquitos atados a una pita como quien vuela cometas en el cielo.
Muchas lenguas, muchas nacionalidades, muchos dolores en el ser colombiano.
Piensa en su padre, lo recuerda, y piensa en cómo él, su papá, escuchaba sonriendo sus historias cuando volvía de viaje. Todo un anecdotario ha sido la vida del fotógrafo. ¿Qué hacen los fotógrafos el resto de su vida, el resto del tiempo, si tomar una foto les toma una centésima de segundo? Vivir, respondía un colega. Caminar, hubiera respondido el fotógrafo. Y nadar. Sonreía su padre cuando organizaba cenas y a veces invitaba a su hijo fotógrafo y le pedía que le contara de nuevo aquella historia, la del niño y su experimento, por ejemplo. Siempre las más sencillas, pequeños y simples gestos de vida, eran las que más le gustaban y las que más pedía que le volviera a contar.
En una chiva, en el suroriente antioqueño, recorriendo trochas y carreteables. Las chivas son transporte de carga y de personas y mensajería y también buses escolares. Varias personas empezaron a sonreír y a señalar en la distancia un niño esperando su bus al lado del camino. Se veían sus piernas y una caja que parecía enorme comparada con el tamaño del niño. Se veía muy gracioso en la distancia, como una caja con patas. Uno de los hombres fuertísimos que cargaban y descargaban los bultos de la chiva, Popeye le decían, saltó desde el techo, agarró con cuidado al niño de las piernas y lo subió al bus. Y le preguntó: ¿qué llevas ahí? Contestó con su voz aguda de niño, en voz clara y muy alta y con orgullo: ¡un experimento! Quizás porque era una palabra también muy grande para ese niño tan pequeño, tan grande como la caja la palabra, no pudieron evitar todos soltar una carcajada. El conductor, El Flaco le decían, no entendió bien qué pasó, no escuchó y preguntó volteando el rostro: ¿qué pasó, qué pasó, qué dijo? Todos respondieron en coro alegres: ¡que lleva un experimento! Se rio El Flaco a carcajadas. Cuando llegaron al colegio, todos lo despidieron alegres y gritaron: ¡suerte con tu experimento!
Así eran las historias que su padre le pedía o preguntaba empezando la frase así: ¿cómo es que era esa historia? ¿Fue en El Carmen de Bolívar? La del señor que trabajaba cuidando puestos en la fila del cajero. Una vez, seguro era quincena, el fotógrafo buscaba bajo el sol del mediodía un cajero sin tanta fila. En un parque vio dos cajeros de su banco, del banco donde tenía su cuenta, sin fila. Se alegró y se paró en frente sudando. Una sensación en su nuca lo llevó a voltearse y notar un grupo de personas que lo miraban fijamente desde la sombra de un árbol a decenas de metros. Dudó, pero decidió caminar hasta allá. Bajo la sombra del árbol y no en forma de fila, en forma de mamey quizás, estaba la fila para los cajeros. Un hombre, el Cuqui le decían, le indicó detrás de quién era su lugar en la fila, con nombre propio: usted va detrás de Carlos y lo señaló. Después pasó un hombre en una Toyota blanca y llamó al Cuqui. Le dio un billete y así obtuvo su puesto en la fila sin que nadie se quejara. Llegó alguien más y preguntó: ¿dónde va la fila? El Cuqui: tú vas detrás del cachaco y de don Manuel. El cachaco era el fotógrafo, don Manuel el de la Toyota, que no estaba, pero su puesto en la fila sí estaba. Una señora llegó y preguntó: ¿y si quedará plata? El Cuqui: sí, todavía queda. El Cuqui ordenaba la fila, cuidaba los puestos y llevaba la cuenta del dinero en los cajeros.
¿Cómo era la del yonsonero? Esa fue en la ciénaga de San Benito Abad. Era la tercera vez en un lapso de pocos años que el fotógrafo se aparecía por allá. El hombre del bote, el que traía el motor fuera de borda, lo reconoció y lo saludó muy amable. El fotógrafo sentía que lo conocía ya, porque lo había fotografiado, lo sentía casi como un amigo. Durante el viaje les preguntó a varias personas cómo se llamaba él, al que le decían yonsonero. No hubo manera, nadie sabía, todos respondían: acá le decimos yonsonero. Al final del viaje el fotógrafo se acercó a saludarlo, darle la mano, y le preguntó por su nombre. Él apretó su mano y dándole palmadas en el hombro le dijo: no le pare bolas a eso mi hermano, aquí todos me conocen así, yo soy el yonsonero. Un hombre sin nombre, pensó el fotógrafo.
¿Esa fue en el mismo lugar del señor de la ceiba? No, eso fue en Camarón, Bolívar, el señor que se llamaba Pablo. El fotógrafo tomaba una imagen de una ceiba enorme al lado de una casita. De la casita salió un señor muy serio que le preguntó que qué estaba haciendo. El fotógrafo se presentó antes de responderle. Sonrió el hombre, le dio la mano y le dijo: cuando termine lo espero en la casa para ofrecerle tinto. El hombre, Pablo, tenía el mismo nombre del fotógrafo. Bastó ese parentesco imaginado, fantástico, para sentirse amigos.
Como aquel otro Pablo que le salvó la vida atravesando Los Llanos del Yarí. Viajaban en una camioneta de doble cabina y platón. En el platón, en dos bancas improvisadas que acomodan una frente a la otra, cabrían quizás cuatro personas cómodas, seis apretadas. Pero iban diez. Dos hombres entonces viajaban parados en el bómper y agarrados de las varillas de la carpa que cubría el platón de la camioneta. El fotógrafo se ofreció también a viajar así un rato. Pero la carretera, carreteable, era mala y el conductor iba muy rápido. A los pocos minutos un hombre le hizo señas y le dijo con gestos que cambiaran, que mejor fuera sentado. Segundos después el conductor cogió un hueco a toda velocidad y la camioneta brincó con fuerza. Todos gritaron, los dos hombres en el bómper quedaron con los pies volando, sólo agarrados de sus fuertes manos de trabajo de campo. Al hombre que le había cambiado el puesto al fotógrafo, se le cayó su cachucha que llevaba bien encasquetada en la cabeza. Golpearon el techo de la camioneta exigiéndole al conductor que parara. Mientras el hombre buscaba su cachucha, los demás fueron a reclamar. Cuando se retomó el viaje, más despacio, fue una mujer mayor quien rompió el silencio mirando al fotógrafo, le dijo: usted se hubiera matado. El hombre que le cambió el puesto y después conversando con el fotógrafo contó hazañas de la caza del tigre y periplos de semanas buscando carne de monte, se llamaba también Pablo.
Recordó el fotógrafo cuántas veces ha pensado en su muerte. Nunca nada épico ni heroico como las historias de los grandes fotógrafos, como Robert Capa pisando una mina antipersona. Una vez se estaba quedando dormido viajando de pasajero en una mototaxi. La jornada había empezado a las tres de la mañana en Curumaní. Habían ido en moto a la Serranía del Perijá. En la tarde estaban en Tamalameque, se habían tomado unas cervezas y se les había hecho tarde para tomar el bus. Caía el sol cuando consiguieron unas mototaxis que los llevarían a un punto a cuarenta minutos donde conseguirían bus. La falta de sueño, las cervezas, la brisa fresca del Caribe interior, se quedó dormido y cabeceó. Lo despertó el grito del mototaxista: ¡nos vamos a matar no joda, despiértese! Hubiera sido una muerte poco digna de un fotógrafo social en tiempos y tierras en conflicto. Se reía esa noche el fotógrafo pensando en cuál podría haber sido su epitafio.
Otra vez sí se golpeó fuerte las costillas. No se rompieron, pero se corrieron. “No están en su sitio”, fue lo que le dijo la boticaria de un caserío de mineros en el cañón del río Porce. El chivero, que era una vieja Toyota cargada de bultos en el techo, se quedó sin frenos y terminó dando una vuelta de campana. Quedó patas arriba. No fue como en las películas, pensaba el fotógrafo. Nadie llega a ayudar, cada uno, cada una, sale por su cuenta. Cuando logró salir, con vidrios en el pelo y aún aturdido, el fotógrafo buscó su morral, sacó su cámara y tomó una foto. Más tarde contaban esa historia y reían. Esperando algún rescate en el caserío de mineros cerca, le decían a todo el que llegaba a ver qué había pasado: ¿y saben qué fue lo primero que hizo el fotógrafo apenas pudo salir todo raspado y con sangre en la cabeza? Y reían.
Alguna vez sí “mandaron decir” que no podía volver, haciendo un trabajo en Altos de Cazucá, en los límites de Bogotá. O en algún lugar del medio Atrato le sonrió de más a la que resultó ser novia de un guerrillero celoso y tuvo que irse prontito en una lancha que salía en la madrugada. Del Catatumbo, de Campo Dos, tuvieron que salir muy de mañanita, parece que al señor de la Toyota blanca y vidrios polarizados no le gustó lo que el fotógrafo andaba preguntando. El taxista que aceptó llevarlos a Cúcuta condujo rapidísimo. Pero nadie los perseguía, huían del miedo nada más. En una curva se toparon con un camión que se había abierto mucho y alcanzó a golpear el espejo del lado izquierdo. El fotógrafo, que iba sentado detrás del conductor, se tiró, en un reflejo involuntario, sobre el regazo de su compañero de viaje. Cuando se levantó alcanzó a ver los nudillos blancos sobre el volante y a escuchar al conductor decir en apenas un susurro: casi nos matamos.
La escalera en la que viaja el fotógrafo sentado en la última fila recordando, mirando hacia atrás, asciende a un páramo, ve un bosque de frailejones, páramo de López, norte del Cauca. Él sigue en camisa de manga corta, su maleta se quedó en Toribío. Se viste sólo con su cámara. Recuerda la casita que tenía su abuelo materno en el páramo cerca a Bogotá, por los lados de La Calera. Siente la fascinación de su mamá por los frailejones y las flores de los frailejones. En su piel recuerda la estufa de carbón de la casita de su abuelo. Siendo niño llegó alguna vez del colegio y encontró a su mamá con su mejor amiga observando un chorrito de agua que salía de una pequeña manguera conectada a la llave de la cocina. Si se inclinaba un poco la manguera, salía el agua en un chorrito. Si se inclinaba más, el agua salía en gotas. Le mostraron al niño, al niño que el fotógrafo fue, ese prodigio. Era científica su mamá. Quizás fue de ella que aprendió la fascinación por las simples cosas. Alguna vez le dijo a su mamá el fotógrafo siendo niño: entonces el mundo cambió porque un científico se dio cuenta de que las cosas se caen. La mamá le respondió muy seria: sí señor.
Pensó en su lengua materna el fotógrafo. Muchas lenguas maternas, muchas lenguas, muchas nacionalidades en el ser colombiano. Muchas palabras de muchas lenguas en la manera de hablar colombiana. Las palabras del árabe como alféizar, alharaca, bella la alharaca como la bulla, alhelí, aljibe decía su abuela cartagenera, decía aljibe como cocinaba kibbe y tabule y arroz con lentejas, además de pescado frito y arroz con coco, hayacas y carimañolas. Las palabras de la lengua muisca, vueltas groserías antes y vueltas cortesías de nuevo hoy: tegua, guaricha, cucho. El guayome, que le dicen en Boyacá a la segunda siembra del año. La chagra, la chiza, el turmequé. La cancha es quechua. ¿De dónde viene el pechiche? Las palabras favoritas del fotógrafo: araña y patraña, banana y anón y mamey. Las palabras que se inventaba para nombrar a sus hijas, para llamarlas: balalas, chipatitas, montipaitons, mis amores de Chataramangara. Aprendió a agradecer diciendo pay pay. No entendió muy bien cómo es que se despiden los awá, que parece que no saben de adioses. Uno dice: me voy, y los que se quedan dicen: pues váyase. O algo así. En todo caso adiós no hay en el piedemonte nariñense.
Piensa el fotógrafo en el cuento de Cheever que le gusta mucho. Se dice a sí mismo, hablando solo, le pasa con frecuencia, alguien en la escalera lo mira de reojo, dice: creo que ya pueden llamarme un nadador. Su vida se ve como la del cuento, cada río en el que nadó son años, pasan las temporadas, inviernos y veranos, lluvias y sequías, caen las hojas de los árboles, su pelo se vuelve cano, sus padres mueren, su casa se cae a pedazos. Tiembla de frío y ve la niebla espesa entre la que se asoman, amarillas y tímidas, algunas flores de frailejón.
Sentado el fotógrafo en la última fila de una escalera recuerda. Recuerda cómo sostuvo la mano de su mamá en la hora de su muerte. Le dijo: todos estamos bien mamá, puedes irte tranquila. Ella sostuvo su mano, lo miró, cerró los ojos y dejó de respirar. Dorita. Su papá, el papá del fotógrafo, fue siempre su papá. Su mamá fue siempre Dorita. Se refería a su mamá por su nombre propio. Piensa, tiene la sensación de recordar el futuro, ojalá. Piensa, ojalá sea esa su última imagen, en el instante antes de dejar de respirar, ojalá recuerde a Dorita y ella sostenga su mano desde el otro lado de la muerte. Si hay algo después de la muerte, le gustaría mucho volver a verlos, ver a su padre, ver a Dorita.
Perfil del autor
Pablo Burgos (Bogotá, Colombia,1973) cursó tres años de estudios de Cine y Televisión en la Universidad Nacional de Colombia hasta cuando se fue a Viena, Austria, para iniciarse en el oficio en 1995. Trabajó 3 años con la asociación de artistas Das Wiener Symposion en distintos proyectos audiovisuales. De vuelta a casa, en el año 2000 realizó la serie de 28 documentales cortos sobre literatura y ciudad “Letras Capitales” para el Canal Capital de Bogotá. En 2004 fue realizador de la serie de ocho documentales “Bogotá múltiples caras” que fue emitida por canales nacionales y regionales y después por algunos canales latinoamericanos incluido Televisa de México. Miembro fundador de la productora Post-office Cowboys. En 2005 fue el primer becado colombiano en ir al Centro Banff de Canadá. El cortometraje experimental allí realizado, “Alicia en Bogotá”, fue presentado en la Bienal de Arte de Venecia, Italia, en 2006; en la muestra de video arte latinoamericano “Per farla finita col video”; ganó el premio “Sala en proyección” del IDCT en el mismo año y fue seleccionado en el 2007 para la muestra “Déjate ver” de la organización artística Lugar a Dudas -que escogió los 14 trabajos de video arte colombiano más representativos- y terminó su larga itinerancia internacional en la Tate Gallery de Londres en 2009. En 2009 escribió y dirigió el corto de ficción “Ketchup” en coproducción con Babel producciones, productora dirigida por el prestigioso director de casting y actores Juan Pablo Félix. Ha sido invitado al Festival de Cine de Cartagena en tres ocasiones con Alicia en Bogotá y los documentales “Bulla y silencio” y “Son de gaita”, y al Festival de Cine de Guadalajara en 2010 con Son de gaita. Su cortometraje “Campana”, realizado en el marco del taller que dirigió Abbas Kiarostami en Colombia, fue uno de los 5 trabajos (de todo el mundo producidos en estos talleres) seleccionados para ser presentado en el Festival de Cine de Teherán en el año 2015, en el que se rindió homenaje a la vida y obra del director iraní. En 2017 escribió y dirigió el cortometraje “Noche de estrellas” para el Centro Nacional de Memoria Histórica, puesta en escena con jóvenes actores naturales de un hecho real sucedido quince años antes en Puerto Venus, Antioquia. Entre el año 2012 y 2017 trabajó en distintos proyectos documentales como realizador independiente para el Centro Nacional de Memoria Histórica. Desde el año 2018 trabaja en un documental sobre el posconflicto en Colombia para la Universidad de Newcastle en el Reino Unido, cuyo primer corte fue presentado en el año 2023 en Inglaterra y que actualmente se encuentra en proceso de postproducción del corte final. En el campo de las letras ha publicado dos libros de literatura infantil con la editorial Intermedio. Uno de ellos, “366 historia para leer en familia”, ha tenido tres ediciones y cuatro reimpresiones. Fue finalista de la primera edición del premio “Bogotá en 100 palabras” con su relato Una casa es una casa.
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