
Por: Luz Marina Livingston Brenard*
*El jurado calificador decidió otorgarle un reconocimiento especial a este trabajo enviado desde la Isla de Providencia. La autora falleció en el mar días después de enviar su crónica, y hoy la Fundación Guillermo Cano Isaza rinde un homenaje en su memoria.
En la isla de Providencia, donde el mar susurra historias antiguas y el viento parece conocer cada rincón, vivía Kendrik Britton Henry, un joven de mirada profunda y andar tranquilo. Vivía como si el mar le hubiera enseñado a respirar. Su vida transcurría entre las olas, los corales y los ritmos pausados de una comunidad que respira al compás del Caribe.
Kendrik no era famoso ni buscaba serlo. Su grandeza residía en los gestos cotidianos: ayudar a los pescadores mayores a reparar redes, enseñar a los niños a nadar en la bahía, simplemente sentarse en silencio bajo el almendro, a ver la danza de las fregatas cuando acompañaban a las barcas que llegaban de pescar. Las aves descendían en espiral, aterrizando sobre el agua en busca de su presa, y él las observaba como quien lee un poema sin palabras. Era su manera de escuchar la vida pasar. Para muchos, era un farol silencioso, una presencia que daba sentido al paisaje.
Yo lo conocí cuando era niña. Desde entonces, su figura se me quedó grabada como una especie de brújula humana, alguien que entendía el mundo desde otro lugar. El pescador que no hablaba, pero decía más que muchos con solo una mirada o un gesto.
Kendrik era el joven más querido de South West Bay. Hijo de Frank, comediante, agricultor y pescador de la Providencia antigua, creció en una familia de trece hermanos, tres de ellos sordomudos. Las generaciones Britton eran conocidas por sus dones para el arte, la música y la cocina tradicional. Con su hermano Heldris, también sordomudo, cocinaban juntos y hablaban —con gestos y sonrisas— de las mujeres visitantes de cabello largo que algún día serían sus esposas, mientras su hermana Silis se burlaba de ellos con picardía.
Con Heldris y Silis, compartía no solo la sangre, sino una vocación artística que florecía en la casa de cultura del barrio, recitaban versos sin pena ni miedo. Silis y Kendrik, vestidos con esmero, subían al estrado y, con gestos amplios y brazos extendidos, daban vida a las palabras. Aunque sus voces no se oían, el público sentía que hablaban con el alma. Y los aplausos se escuchaban.
A sus quince años, Kendrik ya era completamente independiente. Lavaba su ropa, cocinaba en fogón de leña y caminaba por la isla con la dignidad de quien sabe quién es. Su fe cristiana lo hacía reprochar la deshonestidad, y aunque no podía hablar, su mirada era clara como el agua: no había espacio para la mentira en su mundo.
Su condición de sordomudo no lo aisló; al contrario, lo volvió aún más respetado. Para pequeños y grandes, Kendrik era el amigo, el hijo, el hermano del vecindario. Corría por la playa de South West hasta dos veces al día, casi siempre sin camiseta, y sus jornadas de natación alucinaban a la gente. A veces se perdía en el horizonte, y decían que solo podía compararse con un pez en el agua.

Foto: Juanita Escobar
Nunca supe cómo aprendió a leer el mar, pero Kendrik lo hacía con una precisión que rozaba lo sobrenatural. Como aquel marinero sin voz que hablaba con las olas, Kendrik respondía al agua con gestos, intuición y respeto. El mar era su idioma, y él lo hablaba con el cuerpo entero.
Aunque en la isla muchos pescadores salían en grupo, Kendrik prefería ir solo. Sus padres se preocupaban, y en ocasiones lo regañaban por pasar tantas horas en el mar sin compañía. Le advertían sobre los vientos del norte, sobre las corrientes impredecibles. Pero él, con gestos firmes y mirada serena, les respondía que no le temía a las olas. Para Kendrik, el mar era su templo, su refugio, su espacio de comunión.
Llevaba lo justo: un balde con nylon, carnada, anzuelos, su equipo de pesca, una botella de agua y docenas de mangos y bananos que comía con alegría mientras pescaba.
Los roncos y jureles eran su fascinación. Le gustaba freírlos en abundancia, acompañados de plátanos, y compartirlos con quien pasara por su casa. La pesca no era solo oficio. Era ritual, era comunión con el entorno. Kendrik no necesitaba reloj ni calendario. Sabía cuándo salir, cuándo esperar, cuándo volver.
El mar era su guía, y Kendrik lo seguía con el cuerpo entero: con gestos precisos, con intuición serena, con un respeto que rozaba lo sagrado.
Y si había algo que repetía una y otra vez, era su sueño: ser capitán de barco. Como el marinero que entrenaba sin timón, Kendrik se preparaba con devoción. No era un juego. Era compromiso. Era fe. Su cuerpo hablaba por él: “Estoy listo”, decían sus gestos, sus dibujos, sus silencios.
Dibujaba barcos en la arena con sus largos dedos, trazando mástiles y velas con una exactitud que asombraba. En el jardín de la casa de sus padres, frente al tronco seco de un árbol caído, tenía incrustado un viejo timón de carro. Se sentaba allí durante horas, moviendo los hombros y las manos como si estuviera navegando.
Trenzaba metros de cuerdas, convencido de que un buen capitán debía tenerlas en su barco para casos de emergencia. Su deseo de aprender a navegar era genuino, profundo, casi sagrado. Cuando hablaba de su sueño —con señas, con dibujos, con gestos apasionados— se transformaba. Sus ojos azules brillaban como el mar de los siete colores, y su cuerpo entero parecía decir: “Estoy listo”.
La Providencia que vio crecer a Kendrik ya no es la misma.
Antes, las ventanas se dejaban abiertas. La brisa nocturna entraba sin pedir permiso, y las casas se llenaban del murmullo del mar, del canto lejano de los grillos, de la calma que solo se conoce en tierra segura. Las familias compartían historias de fantasmas con dientes de oro mientras cocinaban juntos o molían caña.
Era una isla donde todos cuidaban de todos. Donde incluso los que decían ser “locos” eran escuchados con respeto.
Hoy, las ventanas se cierran por precaución. El miedo ha reemplazado a la confianza. Lo que antes era comunidad, ahora se siente fragmentado.
Providencia ya no respira igual. Y aunque el mar sigue allí, su voz se mezcla con el ruido de una modernidad que no siempre respeta, que no siempre escucha.
Pero hay quienes resisten al olvido.
La isla cambia, sí. Pero también se duele. Y en ese dolor, se agitan memorias, tensiones, y decisiones que definen futuros.
Kendrik, que soñaba con ser capitán, representa lo contrario al desvío: el compromiso, la paciencia, la dignidad. Su historia es advertencia y esperanza.
En 1989, Kendrik recibió la invitación que había esperado toda su vida. Sus amigos tripulantes de la motonave Doña Olga III, procedente de San Andrés, lo invitaron a un viaje hacia Cartagena de Indias. Cuando le dieron la noticia, se sonrojó como niño. Su alegría duró semanas. Caminaba por el barrio con una sonrisa que parecía hecha de sol, y cada casa que visitaba era una despedida. Como si supiera que el mar no siempre devuelve lo que toma, Kendrik se despidió con la ternura de quien navega hacia lo incierto, pero con el corazón en paz.
Empacó su mejor atuendo: una camisa azul mar, un pantalón café, el viejo timón de carro, cuerdas de nylon y algunos víveres de su preferencia. Todo lo que representaba su sueño iba con él. Aquella mañana, al amanecer de noviembre, salió de la casa de sus padres hacia el muelle del centro, en Santa Isabel. Caminaba con el cuerpo erguido, la cabeza en alto y la sonrisa de quien sabe que está cumpliendo su propósito.
Pasó un mes en Cartagena.
Nunca supimos cómo fue su estadía. No hay cartas, ni fotos, ni testigos que puedan contar su paso por la ciudad. Y en ese no saber, también hay verdad. Porque hay viajes que no se cuentan, solo se sienten. Lo que ocurrió en ese mes permanece en silencio, como él. Y quizás ese silencio también sea parte de su legado.
A veces me gusta imaginarlo en Cartagena, con los ojos bien abiertos y el corazón latiendo rápido. Sus carcajadas al ver las carretas de frutas rebosantes de mangos, guanábanas y papayas, los vendedores gritando precios con acento costeño, las carrozas tiradas por caballos adornados con cintas de colores. Kendrik, con su camisa azul mar, caminando entre el bullicio, señalando con entusiasmo cada cosa que lo sorprendía.
Quizás se detenía frente a los músicos callejeros, moviendo los hombros al ritmo de la champeta, o se maravillaba con los balcones llenos de flores, como si fueran jardines suspendidos en el aire. Tal vez se sentó en una plaza, comiendo mango biche con sal y limón, mientras dibujaba barcos en una servilleta.
Nadie lo vio, pero yo lo imagino así: feliz, curioso, libre. Porque ese viaje, aunque breve, fue también una forma de navegar su sueño.
Luego, la Doña Olga III emprendió el regreso hacia las islas. Pero esa noche, mientras todos dormían, ocurrió la desgracia.
Las versiones fueron confusas. Algunos dijeron que Kendrik se ahogó junto con otros pasajeros. Otros, que fue abandonado en altamar después de asegurarles el bote salvavidas. Nadie sabe con certeza qué pasó. Lo único cierto es que el mar se convirtió en su último hogar.
Tal vez fue arrastrado por el último suspiro de la embarcación, o tal vez eligió quedarse, como capitán de las profundidades invisibles.
Nadie lo vio regresar, pero su historia no se hundió.
Cuando se supo de la desaparición de Kendrik, South West Bay se sumió en una tristeza que parecía no tener fin. Las noches se volvieron inquietas. Algunos decían escuchar sus pasos, otros aseguraban que su espíritu se manifestaba en los ladridos de los perros o en el crujir de las palmas. No era miedo. Era añoranza.
Su muerte, inesperada y silenciosa, dejó un vacío que aún se siente en las calles de South West Bay. Pero su legado vive en cada niño que se lanza al mar sin miedo, en cada red tejida con paciencia, en cada canción que los ancianos cantan al atardecer.
En los últimos años, jóvenes isleños han vuelto al mar. Aprenden a leerlo como lo hacía Kendrik: sin palabras, pero con respeto. En talleres comunitarios, se transmiten técnicas de pesca, construcción de nasas y carpintería naval. También se elaboran catton boats —botes de regata tradicionales— como parte de un festival que ya es ritual: The Boat Race, donde niños, adultos compiten, celebran y honran el vínculo con el mar.
Ese día, la costa se llena de colores, gritos de aliento y miradas que se reconocen en el agua. Las embarcaciones, hechas con madera local y manos pacientes, surcan las olas como si llevaran consigo los sueños de generaciones enteras. Cada regata es más que una carrera: es una ceremonia de reminiscencia, una forma de decir que el mar sigue siendo escuela, refugio y destino.
La carpintería naval se convierte en memoria viva, y cada embarcación es una ofrenda al pasado y una promesa al futuro. Algunos dicen que Kendrik estaría orgulloso. No por los homenajes, sino porque su sueño —ser capitán— hoy se multiplica en cada joven que se lanza al agua con propósito.
Aunque el título de capitán ya no tenga el prestigio de antaño, y el oficio se haya transformado, algo esencial persiste: el deseo de navegar como forma de resistencia, de pertenencia. Y en ese gesto —inclusivo, colectivo, imperfecto— el mar sigue siendo de todos.
Como el marinero sin testigos, Kendrik fue recordado no por cómo murió, sino por la fuerza con que vivió.
En la isla, el silencio sigue hablando.
Y el mar, como siempre, escucha.
Kendrik nació para vivir,
y vivió soñando con el mar como parte de su alma.
Aunque fue el mar quien finalmente lo reclamó.
En Providencia, aún extrañamos el brillo de sus ojos azules .
Aunque no tenía voz, su vida se convirtió en mensaje.
Cada mirada al mar repite lo que él nunca dijo.
Cada ola lleva su nombre sin pronunciarlo.
Kendrik se convirtió en capitán de las aguas profundas,
no por rango, sino por espíritu.
No comandó embarcaciones, pero sí corazones.
No trazó mapas, pero dejó rutas invisibles.
Desde niño, Kendrik supo lo que quería ser.
No lo dijo con palabras grandes ni con gestos teatrales.
Lo dijo con la mirada fija en el horizonte,
con las manos inquietas sobre la arena,
con el corazón latiendo al ritmo de las olas.
Su sueño no fue una ocurrencia pasajera,
fue una certeza que lo acompañó como una sombra luminosa.
Muchos sueñan. Pocos se entregan.
Kendrik se entregó.
Y aunque ese sueño lo llevó al mar que finalmente lo reclamó,
no fue el sueño el que lo venció.
Fue la vida vivida con intensidad, con propósito, con fidelidad a sí mismo.
Porque hay muertes que no son derrota, sino testimonio.
Y la de Kendrik, aunque silenciosa, habla fuerte.
Vanberg lo decía sin rodeos, mientras limpiaba su barca bajo el sol:
“Ese muchacho tenía el mar metido en los huesos. No hablaba mucho, pero cuando miraba el agua, uno sabía que ya estaba allá.”
Y luego, en su lengua materna, como si hablara con el viento:
“Da bwoy, him get sea eena him bone. Him no talk plenty, but when him look pon di wata, yuh know seh him done gone deh already.”
¿Vale la pena soñar, incluso si el sueño nos lleva al abismo?
Kendrik no dejó una respuesta.
Dejó una historia.
Y en ella, cada lector encuentra su propia brújula.
En aguas tranquilas, donde las velas se alzan sin estruendo, el mar sigue siendo de todos. Como Kendrik, algunos navegan sin dejar mapas, pero trazan rutas invisibles.