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Por Óscar Collazos
(Cátedra Guillermo Cano, Medellín, 2007)

“Una empresa intelectual al servicio de la verdad”, así definió Héctor Abad Faciolince a El Espectador. Un destino trágico al servicio del verdadero periodismo colombiano, se me ocurre que ésta podría ser la paráfrasis que definiría la trayectoria de don Guillermo Cano, el hombre que en 1973, al reemplazar a don Gabriel Cano, hijo del fundador del periódico, habría de sufrir en carne propia y de pagar con su vida el precio de un comprensible empecinamiento en la búsqueda y expresión de la verdad.

Mientras ordenaba la enorme cantidad de materiales sobre la historia de El Espectador, su fundador y directores; y sabía de las circunstancias políticas que vivía Colombia en aquel “año de gracia” de 1887, cuando don Fidel Cano se enfrenta a la primera censura y consecutiva suspensión de un periódico que nacía con voluntad y criterio liberales; mientras encontraba las fechas y hechos que enfrentaron al periódico recién fundado en Medellín con el celo represivo de los funcionarios públicos de la contrarreforma conservadora que encabezara el presidente Rafael Núñez, pensé que podría ordenar esta conferencia proponiendo un paralelismo entre la accidentada vida del gran periódico liberal y el perfil humano, político y periodístico de quien, desde 1973 hasta 1986 tuvo la responsabilidad de dirigirlo en circunstancias no menos arriesgadas que las sorteadas en ciertos momentos cruciales por quienes le precedieron.
Es esto lo que empiezo a hacer. Ustedes conocen las turbulencias políticas del siglo XIX y la salida que adoptaban las disputas de conservadores y liberales antes de que el triunfo institucional de las corrientes contrareformistas se concretara en “la Regeneración” de Núñez y en la aprobación de una Constitución que parecía haber sido concebida para largos, acaso eternos años de hegemonía conservadora y católica. Ustedes conocen también el terrible escenario de la última guerra de aquel siglo, el desolado panorama de la derrota liberal en la llamada Guerra de los Mil Días, es decir, el desenlace provisional y por ello no menos trágico de un país que confundía el ideario liberal con el ateismo y el desorden social. Ustedes conocen las circunstancias en las cuales se desenvolvió Colombia en aquel siglo de luchas ideológicas, buscando por medio de la civilidad los cambios que la consolidaran como República independiente y encontrando con insidiosa frecuencia los métodos de la barbarie bélica.

Todos sabemos que la modesta empresa periodística que nace en 1887 trae un propósito ilustrado y reformador en un país donde la ilustración volvía a ser tenida como subversiva. Tan subversiva como el pensamiento laico. No olvidemos que en el centro de las disputas históricas de Colombia había estado y seguiría estando el asunto de la separación o matrimonio entre el Estado y la iglesia. Así que con Estado e Iglesia católica empieza tropezando el periódico recién fundado.
Aunque hoy resulte entre y divertido y patético saber que la Diócesis de Medellín, por medio del obispo Bernardo Herrera Restrepo, prohibió a sus feligreses la compra y lectura de El Espectador, convirtiendo en pecado mortal el acto ilustrado de conocer “verdades” distintas a las profesadas, no deja de ser significativa la censura que durante meses se cernió sobre el periódico. Estamos 1888, en plena regeneración, bajo la “gloria inmarcesible” del presidente Carlos Holguín.
La Historia suele repetirse con más frecuencia de lo que deseamos. Considerado “subversivo” por los gobiernos conservadores de finales del siglo XIX y principios del XX, el periódico de don Fidel Cano se orienta hacia la defensa de las ideas liberales, a favor del Estado laico y, en una de esas obstinadas luchas por la justicia emprendidas por su director, contra la pena de muerte.

Se ha dicho con frecuencia y pocos matices que el periodismo colombiano nace con filiación partidista. En efecto, ya en 1891 El Espectador es el órgano del Partido Liberal y el Sr. Cano el director del Directorio de Antioquia. Esto no impide que el hostigamiento conservador siga manifestándose mediante prohibiciones y multas, precisamente por defender la libertad de prensa y condenar los ataques gubernamentales a la misma. Las líneas del pensamiento liberal son líneas paralelas a la orientación que le imprimen al periódico sus primeros directores. Así que pensamiento liberal es moral laica y defensa de la vida contra los excesos de los gobiernos, es defensa del progreso pero también de la justicia, es difusión de la verdad pero también el empeño de imponerla sobre la mentira de gobernantes o particulares.

Recuerden ustedes “las pastorales laicas” que condenan en 1893 la pena de muerte. Recuerden los tres años de suspensión que le decreta al periódico el gobernador Abraham García. Recuerden la pena de cárcel impuesta a don Fidel Cano por publicar un discurso del Indio Uribe. Suspensiones y resurrecciones. Esos son los vaivenes indeseados del periódico que acaba de nacer. La guerra, ese otro censor, está cerrando un siglo de luchas entre la civilización y la barbarie, entre la libertad de pensamiento y el confesionalismo, y cierra también el periódico que vuelve a levantar cabeza en 1904, cuando de nuevo recibe el garrotazo restrictivo que le llega del gobierno del general Reyes,

Muchos años después- un siglo después- habríamos de recordar las nuevas “pastorales laicas” de don Guillermo Cano, dirigidas contra las conspiraciones criminales de un alto grupo empresarial y la ya organizada multinacional del narcotráfico.

Al menos en términos de ética periodística vale la pena hacer el paralelismo. “El Espectador trabajará en bien de la patria con criterio liberal y en bien de los principios liberales con criterio patriótico”, anuncia el periódico a partir de 1913. Ustedes conocen la historia siguiente: en 1923, El Espectador cierra en Medellín y año siguiente empieza a ser publicado en Bogotá. Quedan aún 7 años de hegemonía conservadora antes de que el comienzo de la llamada “República Liberal” haga coincidir en lo fundamental la línea ideológica del periódico con los nuevos propósitos del gobierno. Una coincidencia: el año en que nace Guillermo Cano coincide con la llegada del poeta Porfirio Barba Jacob, el “perdido”, el “marihuana”, a la jefatura de redacción de El Espectador.

En circunstancias favorables a la modernización de una empresa periodística que aún está muy lejos de asumirse como “industria de la información” o del “entretenimiento”, el periódico de la familia Cano incorpora en las décadas del 20, 30 y 40 a los escritores e intelectuales que desde las diversas corrientes del pensamiento liberal contribuyen a la restauración ética y modernización económica y social del país. El Suplemento Dominical, creado en 1924, va a ser refugio generoso de varias generaciones de escritores. Pero el país real viene viviendo hechos políticos que serán pronto una amenaza para la prensa liberal. El debate de las ideas alcanza extremos de radicalidad retórica. Reaparecen los fantasmas del sectarismo: en el Congreso, en la calle, en la prensa, en la vida pública.

Todos conocemos los preliminares anunciados cuando los conservadores recuperan el poder en 1946. Conocemos lo sucedido en Colombia después del 9 de abril. Pero estas convulsiones, que caerán de nuevo y como atentados y amenazas sobre el periódico, no nos hacen olvidar que por sus páginas han estado pasando los nombres de los mejores escritores de Colombia, que el debate de las ideas y las rupturas de la creación literaria y periodística también han contribuido al proyecto modernizador y en muchos sentidos civilizador del diario. Barba Jacob, Luís Tejada, Emilia Pardo Umaña, Lino Gil Jaramillo, Eduardo Castillo, Eduardo Zalamea Borda, Eduardo y Lucas Caballero Calderón, Álvaro Pachón de la Torre, Gabriel García Márquez, entre otros, son nombres inseparables de la historia del periódico. Tejada, “el mayor cronista que ha existido en Colombia” o, al menos, el escritor que convirtió la aparente nadería cotidiana en una expresión fragmentada de la existencia humana, tendrá en García Márquez al digno y aventajado sucesor en dos frentes: por un lado, la radical modernización de la novela colombiana y la dignificación del periodismo con los ingredientes de la imaginación y la literatura. Por el otro, el debate de las ideas que pretende cerrarse con la resurrección amenazante de la neoregeneración que se asoma en 1946.

A las lápidas de la Guerra de los Mil Días se le empiezan a sumar cientos de miles de lápidas de la violencia bipartidista. En 1952, El Espectador es saqueado e incendiado. La intención es clara por el tamaño seguramente selectivo de los destrozos: borrar la memoria del periódico. El diario dirigido por don Gabriel Cano tiene trasegando entre su redacción y rotativas a don Guillermo.

(Voy a hacer un paréntesis que ustedes sabrán perdonar: nunca conocí personalmente a don Guillermo Cano, pero un día feliz de 1962, cuando acababa de cumplir 20 años y vi publicado en las páginas del Magazine Dominical el primero de mis cuentos, supe que la gratitud se añadiría a la admiración que profesaba hacia ese periodista que abría las puertas de un diario emblemático a las inciertas y más ocultas promesas de la narrativa colombiana. Nunca lo conocí, lo ví apenas de lejos en las visitas que hacíamos al edificio de la Avenida Jiménez. Nunca lo conocí, pero el día de diciembre de 1986 en que fue asesinado, sentí que una parte insustituible del valor y la ética periodística habían sido arrebatadas al país. Lloré de rabia y busqué a los amigos colombianos de Barcelona como si buscara un calor cercano y consolador en medio del envilecimiento alcanzado por una industria criminal tolerada o aceptada con laxitud por muchos estamentos de la sociedad colombiana).
Al atentado de 1952 le sigue la censura de 1956. Pero los responsables de la dirección de El Espectador tratan de burlar la censura y abren un nuevo periódico, El Independiente, dirigido por Alberto Lleras Camargo. En 1957, Guillermo Cano toma las riendas del nuevo periódico. La caída de la dictadura y la tregua suscrita por liberales y conservadores, permita que El Espectador reaparezca en 1958. No puedo dejar de mencionar a las grandes figuras periodísticas que dignifican al periódico en estos años: José Salgar, Felipe González Toledo y Germán Pinzón. Si se desean buscar las fuentes donde nace la gran crónica periodística de Colombia, estudiantes de periodismo, periodistas o docentes, ustedes deberán aceptar conmigo que en ese género no existe mejor archivo que el de El Espectador. Desde Tejada hasta Pinzón, pasando por Toledo y García Márquez, la crónica, ese género que las actuales industrias de la información y el entretenimiento destierran a base de sutiles recortes de espacio y perversas urgencias de tiempo, tuvo en el periódico de los Cano el mejor de los refugios y la mejor de las escuelas.

Todo lo que sigue está más cerca de nuestra memoria, los años de esplendor del periódico pero también las amenazas que aparecen en el horizonte. Y es aquí donde evoco, a manera de figura paralela a la historia del diario, a la figura de don Guillermo.

Se ha referido que, en 1954, don Guillermo escribió una nota sobre su abuelo Fidel, “El abuelo que no conocí.” Por lo mencionada, dicha nota no es menos reveladora de un carácter: el joven periodista de entonces confiesa que alguna vez sintió vergüenza al saber que su abuelo había sido encarcelado pero que, al conocer los motivos del encarcelamiento, la vergüenza se convirtió en orgullo. Hechos como ese enaltecían la memoria del abuelo.

Don Fidel, don Luís, don Gabriel, don Guillermo; Juan Guillermo, Fernando. Una saga. Pero lo admirable en la evocación de esta línea de sucesión es el mantenimiento de una coherencia que separa a El Espectador de lo que llamaría lealtades inconvenientes de partido y lo proyecta, sin salirse de los cauces doctrinarios de sus fundadores, hacia escenarios de mayor pluralidad ideológica. La prensa colombiana, partidista desde sus orígenes, había cultivado vicios que a menudo iban en contravía de la misión informativa, orientada hacia la búsqueda de la verdad. Liberal o conservadora, sacrificaba en ocasiones el más primordial de sus objetivos mediante silencios estratégicos y elusiones, partiendo de la idea de que la verdad podía minar la credibilidad del propio partido en la medida en que comprometía a miembros destacados del mismo. Esa misión de directorio propició a veces silencios y complicidades, abrió brechas insuperables entre los medios escritos y sus lectores, que con sobradas razones empezaron a acuñar una clasificación despectiva: “la gran prensa.”

El hecho de que las empresas periodísticas fueron en su mayoría empresas familiares y que unas y otras se inscribieran en uno de los dos partidos tradicionales, minó la credibilidad de algunos medios escritos y llevó a pensar que los errores o vergüenzas del poder, político o económico, tenían un tejido de complicidades en la prensa. La naturaleza ideológica de ese periodismo, supeditada a la vocación de servicio a la comunidad, contradecía a veces el ideario de los padres fundadores. En períodos históricos bien definidos, las pasiones partidistas no sólo fueron estrategias de ocultación de la realidad y la verdad sino teas encendidas lanzadas a las hogueras de los sectarismos.

Creo que El Espectador, sobre todo empezaron a producirse los turbios episodios que preceden a la creación de las industrias criminales del narcotráfico, liberó su vocación informativa y de opinión de las amarras partidistas. Y en ello aparece la gestión de don Guillermo Cano. Propongo una hipótesis: aunque la vida política del país estuviera todavía regida por la permanencia de los dos partidos tradicionales, las crisis internas de éstas, la gradual conversión de los aparatos de partido en agencias de contratación o microempresas electorales; la gradual formación cultural de los lectores y sus exigencias de ciudadanos, todo esto, además del descrédito de la política, coincide con el momento en que don Guillermo Cano asume la dirección de El Espectador.

¿Separó las políticas editoriales de las políticas trazadas de los directorios, siendo como era y seguiría siendo un periódico de vocación y estirpe liberales? Es posible. En 1973 ya se han dado unos primeros, alarmantes pasos hacia la criminalización de la sociedad colombiana. El auge efímero, esplendor de fuego fatuo, que acompañó a la primera época del narcotráfico, hacía pensar en el poder corruptor que tendría en adelante sobre las instituciones del Estado y la clase política, poder corruptor que se Extendería hacia muchos sectores de la población. Lo que se avecinaba-ya en la década de los 70 era posible constatarlo- era la lenta y ascendente influencia del narcotráfico sobre la vida política.

Creo que El Espectador, antes que cualquier otro diario liberal, deja atrás sus relativas lealtades partidistas y acepta el desafío de todo periódico serio e influyente: asumir que en una realidad como la colombiana no hay ya atenuantes que disminuyan la búsqueda de la verdad. A partir de 1973, se vuelve más temerario el ejercicio del periodismo, sobre todo si asume la búsqueda y expresión pública de la verdad. Y se vuelve menos posible la hipoteca de la actividad periodística en los montes de piedad de los directorios políticos.

No conozco sino de oídas lo que fue el carácter de don Guillermo Cano. Puedo dar fe, como lector del periódico durante casi cincuenta años, que lo que ahora estamos llamando “el debate de las ideas” en las páginas del diario, nunca excluyó, seguramente por decisión de su director, corriente de pensamiento que no mereciera figurar en el amplio cuadro de la democracia. Lo que se publicaba en las páginas editoriales de El Espectador, los matices que se revelaban desde la opinión, se correspondían con la riqueza de matices artísticos y literarios que encontramos en las distintas épocas del Magazine Dominical. No creo que, mientras estuvo con vida, Guillermo Cano fuera ajeno al contenido de una publicación semanal que se convertiría en conciencia crítica de la cultura colombiana y latinoamericana de nuestro tiempo. Lo que el Magazin hizo a partir de 1986, fue seguir siendo insobornablemente fiel a su propia tradición, yendo quizá muchos lejos, en sus debates, de lo que podía ir el periódico en sus páginas editoriales, abiertas de por sí al debate político. Lo que había hecho desde 1973, lo que venía haciendo desde 1950, cuando se creó, era trazar líneas de continuidad que registraran lo mejor de la producción artística y literaria de Colombia, y propusiera reflexiones incluyentes y de ruptura registradas en el pensamiento de nuestra época.

No existe generación literaria en la Historia cultural de Colombia que no tenga un registro en las páginas editoriales y culturales de El Espectador.
La “Libreta de Apuntes” de don Guillermo Cano debe ser leída hoy como un complemento a la Historia de Colombia. La industria multinacional del narcotráfico, que se estaba consolidando a finales de los años 70, no fue el único desafío encontrado por el periódico en la década siguiente. Ustedes conocen el otro episodio: el arrogante acoso, parecido a un gesto de estrangulamiento, que “decretó” a El Espectador un importante conglomerado económico, conocido mejor como Grupo Grancolombiano, a cuya cabeza se encontraba el Señor Jaime Michelsen.

El sórdido episodio es ya historia patria, como acostumbramos decir en un país que olvida con facilidad su historia. En este episodio de ofrecen los rasgos de la personalidad de don Guillermo. No me complace reconocer que en batallas como estas se ofrece el perfil de un hombre honesto, severo e insobornable pero sí recordar una frase de “Libreta de Apuntes”(17 de junio de 1983): “El cimiento más firme de un periódico respetable es su credibilidad.” “Porque la credibilidad de la prensa-escribió más adelante- lleva envueltos todos los valores fundamentales del periodismo: la ética, la moral, la responsabilidad, la veracidad, la objetividad(…)”
¿Qué era lo que había empezado a hacer El espectador al publicar informes sobre las defraudaciones del Grupo Grancolombiano, sobre la colosal estafa a humildes ahorradores? Había empezado a “morder la mano de quien le daba de comer”, algo que no era ni es frecuente en la prensa colombiana. Y como estas no eran las mordeduras que esperaba un conglomerado manejado con técnicas delincuenciales y ánimo de matones, vino el acoso. No encuentro mejor ejemplo de entereza moral que éste: poner en peligro la propia supervivencia, sacrificarla por la publicación contundente de la verdad.

En ese artículo(seguramente ha sido recordado por conferencistas de esta cátedra), don Guillermo hace la defensa airada de su periódico. “Cuando El Espectador comenzó a publicar las informaciones y los comentarios relacionados con la millonaria defraudación de los dineros de los ahorradores de los fondos Bolivariano y Grancolombiano, del más poderoso en ese entonces de los grupos financieros del país(…) las represalias económicas no tardaron y se dieron órdenes desde los más altos mandos, pasando por los mandos medios y llegando hasta los bajos mandos, para bloquear económicamente a este periódico mientras no se plegara a callar el primer escándalo financieros de los últimos tiempos(…)”

La infamia no acaba en la reacción vindicativa del Grupo. Continúa en las vergonzosas complicidades que, a manera de informaciones pagadas, se publicaron en otros medios. Yo no sé si hoy se estudie en las clases de ética el concepto de solidaridad. Este episodio pondría de presente la insolidaridad manifiesta de otros medios, esos sí espantados con la idea de morder la mano a quien les daba de comer.

Mucho después, el tejido de complicidades se extendería durante un tiempo hacia los organismos de justicia. ¿Se había abierto ya el boquete en las instituciones del Estado, el boquete que serviría de refugio a las nacientes industrias y organizaciones criminales?

La valentía no en sí misma un valor deseable en la conducta de un hombre. Lo es sólo en relación a la cobardía de quienes amenazan su integridad física y moral o la integridad de la sociedad donde el ciudadano pretende vivir con unos pocos y necesarios valores. Creo que don Guillermo Cano (como en otras épocas su padre y abuelo) se vio obligado a responder con valentía a la cobardía del chantaje económico, primero, y a la no menos cobarde conspiración del crimen organizado del narcotráfico, ya en su irresistible ascensión hacia las cimas del poder político.

El episodio del Grupo Grancolombiana prefigura trágicamente el episodio de su asesinato. Su artículo del 6 de noviembre de 1983, es otro de los desafíos temerarios del periódico y su director. Se ha hablado extensamente sobre el desafío que El Espectador y su director le opusieron a Pablo Escobar y al Cartel de Medellín. No creo que sea una infidencia inoportuna recordar comentarios de aquellos años en los que, en secreto, se reprochaba al periódico y a su director la pelea casada contra uno de los más demenciales criminales de nuestra historia. Los traigo a cuento porque la aparente prudencia de quienes reprochaban el carácter temerario y continuado de ese desafío, no era prudencia sino miedo, incluso algo más que miedo: la vergonzosa aceptación de un lado “redentor” y benéfico en las acciones de los narcotraficantes.

Para muchos, ésa fue una declaración de guerra en condiciones desiguales. Se me ocurre pensar en otra declaración de guerra, la hecha por Luís Carlos Galán al desmontar de la bestia de su grupo político a Escobar, a quien no le sobraron peones que lo llevaran al Congreso colombiano. Son declaraciones de guerra casi contemporáneas con finales también contemporáneos, trágicamente contemporáneos. Guillermo Cano no se limita a denunciar solamente al capo y a señalar el clima de impunidad que rodea al entonces Representante a la Cámara. Dibuja el mapa escabroso de la corrupción de la justicia, asocia la complicidad de este caso con la del banquero defraudador y se pregunta por el “raro y exótico privilegio” del cual “disfrutan estos traficantes de la droga”, habla de las órdenes de captura no ejecutadas, en fin, de aquello que se ha enseñoreado sobre Colombia y que tendrá su colofón provisional una década después cuando el Proceso 8.000 confirme que política no era ajena al efecto corruptor del narcotráfico sino que la manera de hacer política en Colombia había empezado a parecerse a la manera de hacer negocios establecida por los narcotraficantes.

“Los casos distintos con perfiles iguales” son la impunidad que rodea al capo y impunidad que rodeará a los culpables del gran fraude económico. Guillermo Cano no lo hice textualmente pero en sus artículos se lee, entrelíneas, que política y delito han empezado a ser una misma cosa.
El 7 de diciembre de 1986, los sicarios del narcotráfico lo asesinan a la salida del periódico. Ya no estamos hablando, a estas alturas, de debates de las ideas sino de las acciones criminales y circunstancias adversas que por largo tiempo han impedido entre nosotros el debate de las ideas.
“Lo que vino para Colombia. Nos recordaba hace poco Fidel Cano Correa, director actual del semanario El Espectador-, como Guillermo Cano lo había avizorado años atrás desde sus columnas, fue una guerra a sangre y fuego de Escobar y sus cómplices del cartel de Medellín, por garantizar la impunidad para su carrera criminal.”

El asesinato de Guillermo Cano no ofreció sosiego a los criminales. La firmeza y coherencia de quienes lo reemplazaron, les hizo reforzar y perfeccionar una cruzada que, en esos años macabros para la Historia de Colombia, se tradujo en atentados terroristas, magnicidios, alianzas con las fuerzas también criminales de un paramilitarismo que nacía no sólo como organización antisubversiva sino como apéndice del narcotráfico y, de alguna manera, como refuerzo del proyecto de expansión política que calentara la megalomanía de Escobar o Rodríguez Gacha.

El sábado 2 de septiembre de 1989, un camión con 55 kilos de explosivos destruyó las instalaciones del periódico. El asesinato de don Guillermo no había desmoralizado a la familia ni a los periodistas que, en medio de nuevas y frecuentes amenazas, continuaron con su ejemplo. Lo que Escobar y sus aliados querían ahora era enterrar en la ruina material a la empresa que no habían podido lesionar moralmente.

Yo no sé si esta reseña contribuya a volver más visible el perfil de un periódico y de uno de sus últimos directores. Tuve el privilegio de ser columnista de El Espectador desde 1991 hasta 1998. Y lo fui, qué duda cabe, dentro del más absoluto clima de independencia, rodeado por periodistas y escritores que, desde la izquierda democrática hasta el centro, nos sentíamos aceptados en un escenario privilegiado de la democracia. Una de las razones que me asisten para pensar y afirmar que El Espectador había logrado superar desde los años sesenta la servidumbre de las lealtades partidistas, fue la línea editorial que con extraordinaria coherencia asumieron Juan Guillermo y Fernando frente a las escandalosas revelaciones del Proceso 8.000. Ustedes, como yo, deben de saber que este no fue un episodio inédito sino un capítulo más de la historia que había empezado a contar con valor casi suicida don Guillermo, que en aquello que fue motivo de “sorpresa” para muchos, se estaba dibujando la continuidad de una trayectoria.

Entre 1995 y 1997, el periódico fue, desde sus editoriales y columnas de opinión, el palo puesto en la rueda de mentiras que giraba alrededor del gobierno de Ernesto Samper.

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