La mujer que desplumó a cinco comandantes paramilitares

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La mujer que desplumó a cinco comandantes paramilitares

Por: Fito Celis

Finalista de la primera versión del concurso Relatos de País

La gallera estaba atestada de gente hasta las banderas. No le cabía un tinto ni un alma de más. Aquello era el griterío, el fervor, la fiesta. Los vallenatos de Farid Ortiz y Diomedes Díaz a todo volumen atontaban los sentidos, tanto como la cerveza, el whisky o el aguardiente, que circulaban a tutiplén. El gentío era inconmensurable: hombres armados y civiles, ganaderos y peones, caficultores y recolectores, campesinos rasos y citadinos venidos de muchos rincones del mapa caribe. Parecía que todo el pueblo de Chimila, un corregimiento del norte del Cesar, enclavado en el piedemonte de la Sierra Nevada, estuviera congregado allí para ver el espectáculo más prodigioso del mundo, al menos de ese pequeño mundo, un sábado 12 de noviembre, fiestas de San Martín de Tours, santo patrono local. No era para menos. En la valla se enfrentaban dos gallos finos ni comunes ni corrientes, pero aquello no era solo otra pelea entre los cientos, quizá miles, de peleas que habían tenido lugar en la gallera de Juan Jiménez, un gallero viejo que además regentaba una cantina y un billar esquinero. Algo más se jugaba allí: el orgullo, la tradición, la dignidad de los nadies contra el poder omnímodo y obsceno de unos paramilitares recienvenidos, que, como todos los ejércitos victoriosos, eran retrecheros, orgullosos, pagados de sí mismos. Casi nada.

Ahora, damas y caballeros, si me permiten, les cuento la mayor batalla de gallos entre las batallas. Una metáfora de la otra guerra que se libra más allá de la gallera y que ya ha dejado un reguero de muertos por todo el territorio. En esta esquina, con más de cuatro kilos de peso, un monstruoso gallo american game de plumaje blanco, que se diría bañado de caolina. El gallo más fachero y rapaz y saltimbanqui de todos cuantos han visto estas tierras otrora pacíficas. De hecho, este animal no es de por aquí, es fuereño, levantado con concentrados finísimos, en criaderos de Valledupar, por la gente de Rodrigo Tovar Pupo, alias Jorge 40. Un ejemplar traído por su dueño con el único objeto de desplumar a gallos y galleros locales. Sus padrinos son cinco comandantes del Bloque Norte de las auc que, en orden de jerarquía, aquí confluyen con sus nombres de guerra: Jorge 40, Jota 10, Rocoso, Mingo y El Paisa. Los cinco se han aliado en una cofradía que suponen ganadora por anticipado para jugarse en el ruedo un montón de plata que no se la brinca un chivo.

Ellos mismos propagan la fama del gallo albo. Dicen que ha matado tantos contrincantes que ya han perdido la cuenta, que se ha rifado en tantos palenques como caseríos hay en la Sierra. El perfecto sicario, le dicen. El papá de los pollitos, el mandamás, la muerte emplumada que patea. El terror es su arma, está visto. Más que el terror mismo, su relato. Así son los paras afuera y adentro de la gallera. Está visto, tan visto cómo operan que nadie quiere llevarles la contraria. Para pelear se necesitan dos, pero esa tarde novembrina del año 2005, en Chimila no se conseguía un valiente que se atreviera a rechistar contra el poderío paraco, mucho menos a arriesgarse a soltarle un gallo local a su gallo giro en el redondel. La gente tampoco es boba. Los chimileros ya habían visto demasiada guerra, unos veinte años continuos con su goteo de sangres y horrores, como para saber que una muerte pendeja siempre acecha a los más bravos. Así que lo mejor era hacer lo de siempre: picar piedras y tragar veneno y someterse al grupo que lleve las de ganar. Primero a unos, después a otros y después ya se vería.

La experiencia les decía a los parroquianos que hay una delgada línea roja que separa al juego de la guerra, cuando no es que una pelea de gallos en la llamada Colombia profunda es también un juego de guerra. El que lo vivió lo sabe. Es paradójico, los hombres belicosos aman el juego, pero no lo quieren en sí, solo quieren ganar y ganar y volver a ganar. En verdad, no aceptan las normas. Quieren garantizarse el triunfo y las tuercen a su acomodo para hacerlo posible. Las historias de ese estilo son muchas. Por ejemplo, los nazis fueron famosos por organizar partidos de fútbol de sus soldados contra desarrapados prisioneros o equipos de ciudades tomadas. Mágicos, traquetos y guerrillos, un poco lo mismo de lo mismo. Cambia el juego, no su dinámica. Los paras no serían menos. Allá adonde fueron aplicaron la máxima del dueño de la pelota: mi juego, mis reglas. Lo que los guerreros ven en las riñas de gallos, como en los partidos de fútbol, es una proyección de sus escaramuzas criminales. Les gusta la sangre en la arena, los cuerpos exprimidos. Subliman con ello los deseos de heroísmo y poder y gloria. Nomás ahí, los prontuarios de los comandantes que confluían en Chimila daban física terronera. Uno de ellos decía jocosamente que, como el gallo giro, él también había llevado la cuenta de sus muertos hasta cien y ya después la había perdido.

En resumidas cuentas, aquí tenemos a cinco comandantes de las auc que, contraviniendo la cortesía implícita de la gallera, desafían a un pueblo prisionero. Le dicen a la gente de Chimila que ellos son los dueños del gallo campeón, como ya son dueños de sus vidas, y que solo ellos van a apostar por ese gallo y que, también, ellos se abrogan el derecho de fijar la cuota máxima del desafío y a los pueblerinos les corresponde seguirles el juego y al que no le guste que apechugue. Así que ponen cinco millones sobre la mesa, un millón por cabeza. Ese es el monto del desafío y de ahí no piensan moverse. La cifra puede parecer poca cosa, pero con la corrección inflacionaria pertinente bien podría ser de unos quince millones a la fecha. Los jefes quieren el pan y la mantequilla. Las hojuelas y la miel. No solo han masacrado a los chimileros desde que entraron por vez primera en 1997, quieren demostrar una vez más que son los putos amos, dejar patente que son la Ley y que la Ley emana de su voluntad. Y su voluntad ese día era que el pueblo buscara un gallo y cinco millones para cazar una apuesta que, además, debía parecer voluntaria. Si hubieran pedido que la multitud se quedara en pelotas, si se les hubiera ocurrido, el rebaño humano se habría encuerado sonriente y sin rechistar. O sea, las ideas divertidas de los paras no eran ideas inocentes, eran órdenes ponzoñosas. Debían leerse así. Y si no se les complacía, la situación podía escalar a vejaciones, atrocidades, perradas.

Los galleros viejos, entre ellos los hermanos Mañe y José Castellón y el mismo Juan Jiménez, se miraron como ratones atrapados en una madriguera. Repararon otra vez en el gallo de los paras para confirmar lo que ya sabían. Aquello no era un gallo, era una bestia con espuelas, un King Kong plumífero. ¿De dónde iban a sacar ellos un rival de condiciones para nivelar siquiera en peso a ese bípedo tan engallado? Aunque no lo dijeran, no necesitaron mucha memoria para saber que nunca habían visto un gallo así de bizarro y mamonúo por esas sus tierras. Movieron la cabeza diciéndose que no, que imposible, que ese monstruo no era de Dios. Calcularon la opción de jugar a perder, echar cualquier pollo volantón que diera algo de pelea antes de caer aniquilado, como para contentar a los comandantes, pero también se dijeron que cinco millones era mucha plata y ninguno quería apostar tanto a una derrota segura. Un buen dilema tenían allí. Jorge 40 ya empezaba a impacientarse y cada tanto se llevaba la mano a la pistola como para asegurarse de que estaba bien enfierrado. Había traído su mejor gallo y quería la mejor pelea y quería embolsarse el doble de su apuesta y si no… ¿Y si no? ¿Qué iban a hacer los galleros locales?  Mientras los Castellón y Juan Jiménez y otros discutían una salida digna al desafío propuesto por la cúpula paramilitar, los apostadores ocasionales, los patos, los meros curiosos, rumoraban entre sí que no iban a botar la plata de manera tan miserable nomás pa contentar a esos diablos. Entonces ocurrió lo inesperado, lo que torció la tornas, lo que hace que esta historia exista y se cuente y perdure en la memoria colectiva. De entre el público surgió Gladys Pimienta, una campesina de unos cincuenta y dos años, menudita y de pelo corto, que dirigiéndose al grupo de galleros les dijo:

—Señores, si esos hombres quieren apostar, les apostamos.

—¿Pero con qué gallo, comadre? —le contradijo Juan Jiménez.

—Con uno de los míos —contestó ella.

—Los suyos son pollos que no han peleado todavía —intervino Mañe Castellón—. Ninguno siquiera puede igualar el peso de ese zambo.

—Y eso qué importa —reviró confiada la mujer —. Ustedes saben que los míos son buenos gallos. Apostemos sin miedo, que esta gente no nos va a venir a marranear así como así. Y si nadie más apuesta, pues apostamos los cuatro. Y si nos toca perder, pues perdemos, pero en la valla, no afuera, en la valla.

—Pero ese gallardo le gana en peso a cualquiera de los suyos.

—Ya le dije que no importa, compadre Juan. Una libra de diferencia no es diferencia. Usted sabe que mis gallos son chiquitos, pero matadores.

Los galleros volvieron a calcular, tantearon el terreno y, al final, aceptaron jugarse su suerte y su plata a un gallo debutante, quizá porque vieron que a esa mujer, su vecina de toda la vida, le sobraba el coraje que ellos echaban en falta.

Juan Jiménez hizo traer de la jaula el gallo que la señora Gladys pidió. Le dijeron a los paras que aceptaban la apuesta. Pesaron los gallos y efectivamente el de ellos pesaba medio kilo de más. La mujer insistió, contra la opinión de sus socios, en que eso no era problema. Insistió con que sus gallos eran bravos de raza, como para meter un poquito de presión en sus adversarios. Y la gente que la conocía y la respetaba de muchos años en las galleras, de a poco, se fue convenciendo de que podían darles pelea a los visitantes, de que la cuerda del gallo chimilero tendría alguna opción de ganar. Y solo fue que el primero gritara que ponía cincuenta barras, para que otro sumara cien mil y otro veinte mil y así, de grano en grano, se llenó la libreta de las apuestas. Y nadie supo cómo, a qué velocidad, un montón de civiles y hasta algún paraco insidioso hicieron la vaca y cazaron los cinco millones pendientes contra los cinco de las autodefensas. Diez millones en una pelea era una vaina nunca vista, un bojote de billetes en manos de Jorge 40, juez y parte de la contienda, que hacía soñar al público. ¡Cosa más hiperbólica!

Y ahora sí, damas y caballeros, hay reyerta. En esta otra esquina, un gallo de raza kelso, rojo de plumas pisquiadas en negro y blanco, que pesa tres kilos y medio, dispuesto a librar su primera pelea. Ese medio kilo de más puede ser importante, es importante, recuerden esto. No se precisa ser un dechado en mecánica para entender que una diferencia del 12,5% en el peso de los rivales en cualquier competencia es casi insalvable. Imaginen un combate de boxeo entre un peleador de 75 kilos, lo que sería un peso mediano, tipo Canelo Álvarez, contra un peso semipesado de unos 84 kilos, tipo Sugar Ray Robinson. Eso serían tres categorías profesionales de diferencia. Igual, las partes acuerdan la pelea y esa simple palabra repetida, ¡pelea, pelea!, recorre la gallera y enfebrece más a la multitud ya frenética y alcoholizada y ludópata. Ahora, mientras las cuerdas alistan a sus ejemplares y realizan los rituales previos para la riña —calzar los gallos, escupirles agua en la cabeza, chuparles las espuelas para evitar algún veneno, hacerles un rezo— digamos de dónde salió esta señora caponera tan arrestada y sin agüeros.

A finales de los años ochenta, Gladys Pimienta era una mujer campesina, madre de cinco hijos pequeños, que no pensaba en gallos ni en galleras. Su mente estaba empeñada en las labores cotidianas de la finca y en una venta de fritos que instalaba los fines de semana debajo de un palo de mango, junto al camino real que de Chimila conduce hacia las fincas cafeteras de la parte alta de la Sierra. Entonces, los gallos llegaron a su vida como un veneno, con el veneno de una víbora que le arrebató a José Gregorio, el hijo mayor, de apenas catorce años.

—Yo desarrollé el gusto por los gallos hace como treinta y siete años atrás — me cuenta en enero del 2025, en el corredor de su casona familiar ubicada a una media hora del caserío y frente al río Ariguanicito—. El primero que trajo gallos a esta casa fue Goyo. A mí no me gustaban, pero a él sí, una cosa increíble. Ese pelao era fanático.

La historia del hijo muerto quizá explique algo de esta historia.

—El niño estaba estudiando en la escuela de Chimila. Un sábado bajó al pueblo a llevar la leche que vendíamos a Cicolac y se encontró a un vecino y ese vecino le dijo «Viejo Goyo, se disparó el chopo anoche, vamos a buscar la guartinaja», porque el niño tenía perros grandes para la cacería. A él le decían Viejo Goyo porque era como un viejito para las cosas. Amplio ese niño, trabajador, voluntario. Andaba con su platica, hacía negocios, tenía sus bestias, sus gallos finos, sus perros. Y de ahí vino el fracaso de mi hijo. ¡Ay, Señor! Pasó que cuando llegaron a donde estaba el chopo, por la orilla del río, los perros iban adelante y Goyito era el último y la culebra ya estaba alerta y, cuando mijito pasó, lo mordió en el pie. Era una culebra mapaná. La encontraron a los nueve días. Tenía siete cuartas de largo, casi dos metros. ¡Imagínese! Treinta y siete años atrás, el suero antiofídico era muy escaso. Solo se conseguía en los batallones y en algunos hospitales y no había transporte para llegar rápido a esos lugares. En el puesto de salud de Chimila no había de ese suero. Entonces, con mi esposo Julián lo llevamos adonde el curandero José Contreras, que era lo que hacía todo el mundo por aquí. No hubo caso, duró veinticuatro horas mijito. Lo perdí el 29 de mayo del 88. ¡Eso fue grande! El momento más difícil que he pasado en esta vida.

Gladys me cuenta que su pasión por los gallos finos se consolidó tras la muerte de su hijo. Fue como si, de alguna manera mágica, a través de los gallos, hubiera querido mantener vivo el vínculo y la memoria del niño muerto.

—Ahí fue cuando empecé a criar gallos —continúa—. Mantenía hasta seis aquí en la casa y, cuando ya estaban para pelear, se los llevaba a Mañe Castellón para que me les diera los últimos entrenamientos. Yo los desparasitaba, les daba de alimento huevos cocidos, hígado fresco, pimienta picante pa que salieran bravos. Guayaba con panela para que tuvieran fuerza en las patas. Esos gallos míos eran matadores y eso me ganó fama de buena criadora, al punto que los últimos gallos que sacaba teníamos que pintarlos, porque ya en Chimila no me los echaban al ruedo. Sí, señor, los mandaba a pintar para cambiarles el color. Si el gallo era blanco se pintaba de marrón o de negro, para que no lo identificaran.

Dina Luz y Fabián, sus hijos menores, introducen anécdotas que pintan la pasión de su madre por los gallos finos. Me cuentan que casi siempre ganaba, aunque nunca demasiado, porque sus apuestas eran de mínima cuantía y porque prefería que otros apostaran y ganaran con ella. Me cuentan que pagaba obreros para hacer sus cultivos de ñame y ahuyama con plata de los gallos y que el dinero todavía le alcanzaba para enviarles la mesada a ellos, cuando estudiaban en Valledupar. Me cuentan de un sábado de gloria en que Gladys iba para la iglesia con dos botellones de agua para que el sacerdote se los bendijera, nomás que, cuando iba pasando frente a la gallera, sus compinches la llamaron y ella se metió a ver la cartelera y terminó apostando y ya no fue a misa. El caso es que Yeimer, el hijo de Juan Jiménez, pensó que el agua de los botellones ya estaba bendita y bañó con ella a un gallo que ganó la primera pelea y, con esa cábala, bañaron a otros cuatro gallos que también ganaron. «Y eso que el agua no era bendita, qué tal si no», dice Gladys y se ríe como una niña traviesa. Y después concluye: «Es que esas peleas son emocionantes».

—Gladicita, cuente del gallo de los paracos —le dice Fabián.

Gladys apaga los ojos, los abre, toma aire y empieza a contarme esta historia que he venido contando y que ya no tiene mucho más por contar.

Lo que se puede añadir de aquella mítica pelea en que una mujer menudita en cabeza de un pueblo confrontó en una gallera a cinco paramilitares es bien poco. Narrar la violencia con que dos gallos se trenzaron en medio del ruedo por su vida, alentados por una multitud enfebrecida, puede herir susceptibilidades; máxime cuando la Corte Constitucional ratificó hace poco una ley que prohíbe las peleas de gallos y otras actividades crueles con animales a partir del año 2027. En palabras de doña Gladys, la escena se resume así: «El gallo de ellos puyó al mío, que solo pegó un chillido y cayó y yo dije: ¡Dios mío!, ¡sangre de Cristo! Y se revuelve el gallo mío y se levanta y praprá. Le pegó al de los paracos un solo golpe y se los mató al instante. Ese gallo quedó patas arriba. Y esa gallera parecía un treinta y uno de diciembre. El gentío se me lanzó, me abrazaban, me felicitaban».

¿Y qué más pasó? Pasó que los comandantes quedaron aburridos y se pusieron pálidos y exigieron una revancha ipso facto, pero Gladys Pimienta, con la sabiduría de quien sabe que ya ha ido muy lejos, dijo que no, que de ninguna manera. Lo dijo con una convicción tan rotunda que no hallaron forma de hacerle cambiar de opinión. Y ese mismo sábado festivo, saliendo de la gallera, pensó que ya había estado bueno lo bueno y, ahí mismo, se decidió acabar con la cría de gallos finos, de una vez y para siempre. Y en este ahora en que hablamos, en el corredor de su casa, rodeada de su familia, cuando parece que todo está dicho y no queda nada más por añadir, le pregunto cómo hizo para saber que podía ganarles a los paracos en un trance tan peliagudo. Ella me mira con cierta condescendencia, sonríe con su sonrisa amplia y me explica:

—¡Eso fue fácil! Ellos eran hombres y los hombres no se fijan en cosas en que las mujeres sí nos fijamos. A la hora de apostar, yo veía dos gallos y ya sabía cuál podía ganar. Esas cosas se notan.

Perfil del autor:

Rodolfo Celis nació en El Copey, Cesar, en 1978. Es Profesional en Estudios Literarios y Magíster en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional de Colombia. Es autor del poemario Memomía, la novela El último duelo del hombre pez y la antología No traiga machete que aquí le damos. Relatos de Usmekistán. Fundador de la revista literaria Surgente, letras informales y de la editorial Sin Palabras. En el género de la crónica fue ganador del I Concurso de Crónica Departamento del Cesar, Biblioteca Rafael Carrillo Lúquez, 2019; del Premio Nacional de Crónica, Universidad Externado, 2017, y del Premio Distrital de Crónica, Ciudad de Bogotá, 2014. Vive en Usme, Sur de Bogotá.

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