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Faenas de un anafe de barro negro

Por: Rosalba Polanco Mayorga

Finalista de la primera versión del concurso Relatos de País

─Yo inundé a Riohacha de anafes ─comenta Raquel López Suárez, una mujer de voz enérgica, a quien cariñosamente se le conoce como Raque.  

Pocos kilómetros al oeste de la capital de La Guajira colombiana, cercano al collar costero del mar Caribe, se encuentra el corregimiento de Camarones; un asentamiento mezclado en donde conviven campesinos criollos, comunidad afro e indígenas wayuu. Algunos de sus moradores, aún hoy, se dedican a labores artesanales haciendo acopio de materiales y productos que la naturaleza les entrega. 

Antaño, con una disciplina sagrada, mujeres diligentes imprimían en el terreno arenoso del entorno, por cerca de un kilómetro de recorrido, el vestigio efímero de sus pisadas ágiles, hasta llegar a proveerse del barro negro antes de que el sol empezara a recoger la cortina oscura. 

Las artesanas del barro negro en este corregimiento fabricaban utensilios para el uso doméstico. Así las familias camaroneras contaban con la tinaja a modo de refrigerador; ollas y cazuelas para poner a arder el fogón; vajillas para compartir a la mesa y, el protagonista: ese fogón campesino comúnmente conocido como anafe de barro, alrededor del cual las familias se sentaban a escuchar las historias de las abuelas. 

Raque, la última artesana del corregimiento que aún guarda ese saber, retorcía un retazo de tela; con él armaba una corona que imitaba la imagen de la serpiente cuando se enrolla, figura que en la región se conoce como rodillero; lo ponía de mansedumbre para su cabeza y a manera de sombrero cargaba dos de estos hornillos portátiles, desfilando así por la pasarela de las calles de Riohacha. Desde la temprana niñez, su hija Milagros la acompañaba cargando uno. En su transitar, con dos arrobas y media repartidas sobre ambas testas, iban tocando de puerta en puerta.

Cuando el municipio no contaba con un servicio extendido de gas, Raque no solo fue pionera en facilitar que las cocinas riohacheras le ofrecieran a sus comensales deliciosas preparaciones con el buqué especial que adiciona la cocción al carbón; hasta ahora ha sido la única en explorar ese nicho de mercado. Su mamá y las demás sabedoras no visionaron traspasar las fronteras de su terruño. Quizás ella, sin saberlo, al decidir aventurarse a ofrecerlos en la ciudad, dos veces por semana, vino a hacer parte de la solución de tantas familias asentadas en la periferia, a las que el acceso a este objeto, por la facilidad de su encendido y el control de humo, les optimizó el quehacer diario, en muchos casos, con la premura de tener que salir de prisa para atender los oficios en casas ajenas.

Si vendía un anafe salvaba lo del transporte y el almuerzo. 

─Ya lo demás era ganancia ─comenta. 

Pero, en ocasiones, la venta no daba la cara; entonces el regreso tocaba al fiado. 

Raque trabajó la alfarería por más de un cuarto de siglo. En 2019, a sus setenta años, iba para la laguna a recoger agua cuando un vehículo la atropelló y le robó la salud y el sustento.

─A mi me jodió un carro ─liberan sus labios con la impotencia rebelde de saber derrotado el poder de los brazos. 

─ ¿En cuánto vendía un anafe antes del accidente?

─En diez, doce mil pesos.

─ ¿Cuánto cobraría hoy, 2025?

Milagros, su hija, piensa un momento y dice: 

─Como el transporte ha subido tanto, tocaría cobrar veinticinco mil.

Al parecer ellas consideran que como los materiales se los proveía la naturaleza y la creatividad artística de Raque los transformaba en diversas esculturas útiles en el arte culinario, no tenían ningún costo y todo lo recibido en pago era ganancia.

Vale decir que para que esta sabedora obtuviera hoy, en Colombia, un salario mínimo mensual sin los auxilios, prestaciones sociales y el derecho a una pensión tendría que vender 57 anafes.

Si bien ella subestima el valor de su trabajo, el consumidor minimiza el precio pidiendo rebaja sin sonrojarse y la ciencia lo invisibiliza. No fue posible encontrar registro documental en fuentes locales sobre los anafes y la tradición cerámica criolla en Camarones. Al hacer una avanzada en internet, no figura información al respecto; ni siquiera fotografías de los objetos. 

No es de extrañar que las nuevas generaciones esquiven continuar con una práctica de artesanas. Hoy prefieren vender productos de catálogo, actividad menos demandante y con precios fijos establecidos, mientras la sabiduría ancestral camaronera de convertir el barro negro en objetos que han cobrado vida al hacerse parte de las familias como elementos indispensables en su alimentación va camino a ser borrada de la memoria.

Raque obsequió uno de esos hornillos a su sobrina Yoleica Benjumea, para quien por más de diez años se convirtió en un ágil ayudante de las preparaciones alimentarias de su familia y hoy, con el rostro desgastado, este objeto le cuenta a la imaginación el nacimiento de las heridas, aún sin cicatrizar, que, a paso lento, recorrieron su cabeza hasta alcanzar el cuello.

Esas heridas que en su andar estático muestran el peso soportado llevando en la cima parrillas y calderos a modo de palangana; las huellas que en las paredes del vientre conservan vestigios dejados por las brasas y las llamas y la tintura plomiza de la frente decorada con grietas diminutas que dan origen a un flequillo desgarbado, narran el trajín desatado por los tizones encendidos. 

Esta escultura doméstica, con una estatura de veintinueve centímetros, es el único objeto de la artesanía culinaria de barro negro que se fabrica en dos piezas: el culo o cenicero y un tazón llamado binde, los cuales se unifican durante el proceso de creación.

Para hacer el anafe de su sobrina, las manos de Raque a manera de espátula y cincel, combinaron con la arena amarilla más fina que recogió del río y pasó por una zaranda, el barro dejado en remojo el día anterior. Después de amasar al mejor estilo de un obrador, sobre una tabla tendida en el piso, tomaron la mezcla y la acariciaron…la acariciaron… la acariciaron.

Raque moldeó el cenicero que tiene forma de copa cónica y va en la parte de abajo; con un cuchillo le marcó una ventana; así, cuando estuviera en su trajín laboral, los pulmones de carbón recibirían el aire que mantiene la llama prendida. Con cuchara de calabazo a modo de espátula, le retiró los residuos de barro; usó las yemas de los dedos por fresadora para terminar de pulir las geometrías internas hasta darle forma a la hornilla y luego se dedicó a esculpir el binde, al que, sirviéndose de las brocas naturales que tiene en sus manos, le hizo en el fondo once ojos que han llorado durante más de diez años las cenizas desprendidas de los tizones avergonzados por el fuego. Terminadas de moldear, sentó el binde sobre el cenicero; tomó la espátula de totumo y con una investidura de cirujana estética, valiéndose de barro fresco como pegante, pulió y pulió hasta hacer desaparecer el rastro de la unión. Dejó así listas, en una sola pieza, las dos partes que con esta arquitectura empírica evitaron la emisión de humo y redujeron el consumo de carbón. Mañana, muy temprano, lo bruñirá con una piedra que acompasada al vaivén de sus manos hará las veces de pulidora y lo dejará vestido de gala para asistir a la fiesta ardiente que disfrutará sobre un tendido de leña. Será ese el remate de su fabricación.

Raque trabajó la alfarería por más de un cuarto de siglo. En 2019, a sus setenta años, iba para la laguna a recoger agua cuando un vehículo la atropelló y le robó la salud y el sustento.

─A mi me jodió un carro ─liberan sus labios con la impotencia rebelde de saber derrotado el poder de los brazos. 

La expresión del rostro y la voz muda del espacio hacen sentir la pesadumbre de la mente herida, pero se anima al preguntarle cómo es el proceso de cocido. 

 ─En tres días yo hacía diez anafes. Un día amasaba, un día los hacía y un día tendía la hornilla. 

En el patio de su casa montaba una tarima de unos cuatro metros cuadrados, con madera traída del monte; ponía encima una montaña hecha con las vasijas que hacían fila para cocción; la arropaba con una colcha de retazos de leña y en la cumbre, más leña. Aparte, en un espacio despejado del mismo patio, que en la región denominan placercito, prendía hoguera. Esos tizones encendidos los acomodaba en puntos estratégicos del promontorio y coronaba la cima con el aguacero de luceros trasnochados, residuo de la quema del placer.

─Yo soplaba las brasas con un abanico o con cualquier lata ─hace el ademán batiendo una mano─.  En media hora, con la ayuda de la brisa, quedaban bien cocidas; coloraditas.

Al parecer la artista no cuenta como parte de la fabricación el tiempo y la energía que invertía en el acopio de materiales. Eran innumerables los viajes que hacía a las sabanas y al monte en busca de barro, arena, agua y leña; mucha leña. Cuentan algunos vecinos y familiares, que permanentemente las veían pasar, cada una con un atado de leña sobre la cabeza, lo que en la región denominan un jat de leña.

¿Cuántos circuitos de ida y vuelta haría Raque para lograr juntar en el patio de su casa una pila de barro, una pila de arena y un arrume muy grande de leña? Ni ella misma lo sabe.

─Eso era mucho trabajo ─dicen sus sobrinas─. Tía Raque no tenía burro ni carretilla; traía todo en la cabeza, en baldes. Antes usaban la lata. Le decían la lata, donde venía el aceite. Después fueron reemplazadas por tobos de plástico.

Yoleica Benjumea, la sobrina de Raque beneficiaria del obsequio, tiene su hogar establecido en Perico, vereda del corregimiento de Camarones.  Cuenta que usó esta joya del barro negro durante más de diez años. 

─Desde que ella me lo dio y hasta hace unos pocos meses.

Antes de haber sido obsequiada por la tía, tenía uno tan deteriorado por el uso que se le había desprendido un pedazo, pero era tal su gusto y resistencia a dejarlo morir, que, como una ficha de rompecabezas, lo acomodaba en el hueco propio y lo acuñaba para que no se fuera a caer y arrastrara con él las delicias de la culinaria camaronera.

Recuerda que, de niña, en casa de su mamá, siempre hubo ese tipo de hornillos. La que los fabricaba era su abuela paterna. 

─Yo lo usaba todos los días. Ya no porque todo ha cambiado con la llegada del gas. Ahora solo para asar una carne, un pescado, la cachirra. Las familias tenían dos; generalmente en uno se ponía el arroz y en el otro el mojao.

─ ¿El mojado?

─La presa. Acá en esta región se consume mucho pescado y camarón; por las lagunas.

El corregimiento de Camarones y su asentamiento veredal, Perico, tienen límite común con el Santuario de Fauna y Flora Los Flamencos; un área protegida en donde se encuentran las lagunas costeras Navío Quebrado y Laguna Grande, que históricamente han ofrecido soluciones de supervivencia para la región.

Fueron muchas las satisfacciones culinarias que este hornillo obsequió a sus amos en el diario vivir: Las arepas y el pintado para el desayuno; fríjoles, carne asada, pescado, sancocho, arroz de camarón, cachirra, para el almuerzo; yuca, plátano, para sacar de apuro con otro complemento en la cena. El cafecito para los madrugadores y el compartir con las vecinas.

El anafe de barro trabaja sobre el piso; generalmente en el patio y su mayor enemigo es la ducha. En una ocasión en que el protagonista de esta historia estaba en plena acción, empezó a llover en Perico. Yoleica no encontró a mano un par de trapos. Sin pensarlo, le pidió ayuda a las chancletas que tenía puestas y con ellas se protegió las manos; retiró apresurada la olla de la sopa sin importarle si se aguaba y corrió descalza con él para adentro.

Por fortuna su destreza y esas chancletas solidarias permitieron que, mal herido como se encuentra de haber soportado hilos de leche y otros líquidos que al burbujear se escaparon de las ollas en un parpadeo de la vigilancia, su aspecto cuente hoy, protegido como pieza de museo, no solo los riesgos que en su rol de siervo tuvo que asumir, sino también la cultura y la historia que su presencia representa para la comunidad camaronera.

─Siento que la gente como que les ha perdido el valor; yo no. El anafe de barro es sagrado para mi. Creo que en el pueblo de Perico mi casa es la única en donde se encuentra un anafe de esos. Ahora hacemos unos con rines de llantas para usarlos cuando hay más gente. El de barro básicamente es para uso doméstico, para la casa, porque como es muy pequeño no entra casi nada. 

─Los de mamá Guada, mi abuela ─continúa Yoleica─ eran más pulidos y el binde más amplio; tenían más capacidad. Cuando tía Raque empezó a hacerlos, eso le quedaban cacharetos, cacharetos ─y suelta la risa─. Uno tenía que ponerles cuñas para que no se fueran a caer. Después los fue mejorando.

Agrega que su papá los hacía mejor que tía Raque. 

─ ¡Cómo!, ¿un hacedor de anafes? ¿Usted vio a su papá fabricando anafes?

─Bueno, él decía que los hacía mejor que tía Raque.

─ ¿Conoció algún anafe hecho por su papá?

─No.

Yoleica vive con su esposo y tres hijos varones; el menor está terminando el bachillerato. 

─En mi casa la única que ha manejado un anafe soy yo. 

En tanto Raque, manifiesta: 

─Este es un oficio de mujeres.

Es probable que esa costumbre se haya ranchado por la tradición de considerar que el rol del hombre en la sociedad, hoy en día discutido y empezando a repensarse, no tiene que ver con implementos de la casa ni con quehaceres del hogar.

Según vestigios arqueológicos, la tradición arcaica de fabricar objetos manuales para la preparación y consumo de alimentos a partir del barro ha abrazado generaciones milenarias para entregarles el testigo como en una carrera infinita de postas. Raque solo conoció a su mamá y a su abuela, pero supo que la mamá de ésta lo hizo con su hija y ella a su vez con una y otra y otra. Sin embargo, como un trueno cuando la tormenta se acerca, deja escuchar que a ella nadien, nadien le enseñó, que todo le salió echando mente.

─Yo iba, como ir una hija con la madre para tal parte. Íbamos al barro; íbamos a la arena; íbamos al monte a picar leña. Ella no me llegó a decir venga a hacer; y yo, no me ponía a hacer coroticos. En el día de mañana, cuando ella falleció, conforme ella hacía, hacía yo. Esta es una tradición de las viejas, que se ha ido acabando.

El arte de trabajar el barro negro le llegó a Raque de la misma forma como las aves aprenden a buscar la comida y al apagarse el fuego de los ojos de mamá, la vida la invitó a tomar una tabla, arrodillarse en el piso y amasando barro con arena, empezar a recoger su legado.

Perfil de la autora:

Rosalba Polanco Mayorga nació en una finca adscrita en su división política a Dolores, una población apostada al sur del departamento del Tolima.  Llegó a Bogotá, de la mano de sus padres, a la edad de dos años. Allí hizo su preparación académica y ejerció profesionalmente entre impuestos y finanzas.

Terminada su vida laboral, en 2016, iba por un camino y se encontró una pluma. Se agachó, la recogió y con ella empezó a armar relatos, guiada por gente sabedora del tema. En ese trajinar, ha atrapado conocimientos de escritura de ficción, poesía y crónica. Sus preferencias narrativas se inclinan por temáticas populares, objetos y sucesos que hacen parte de la historia cotidiana.

Hace tres años comparte su residencia entre Riohacha y Bogotá.

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