Los últimos lecheros de Bogotá: una especie en extinción
17 diciembre, 2025
El Bajo Anchicayá: donde la selva canta y la esperanza muere
17 diciembre, 2025

Bajo el techo del diablo

Por: Catalina Porras Suárez

Tercer puesto en la primera versión del concurso Relatos de País

Cuando el sol apenas rasga las nubes, Tópaga despierta con un repique de campanas que atraviesa la niebla. No llaman al miedo ni a la prisa: llaman a la fe, al recuerdo, al tiempo mismo del pueblo. Y llaman también, en silencio, al diablo.

Frente al templo, los perros bostezan mientras los ciclistas se detienen, sudorosos y con las piernas ardiendo. Han llegado desde Sogamoso, Corrales y Monguí, subiendo las curvas de la montaña como quien busca un puerto secreto. Se detienen a saborear su aguapanela con queso. Diagonal a ellos, la mirada se posa en la iglesia blanca, cuyas paredes parecen respirar polvo y siglos. Buscan un refugio, y no se equivocan: dicen que ahí dentro habita el demonio. La leyenda ha trascendido generaciones e incluso apareció como introducción en la novela Los pecados de Inés Hinojosa, protagonizada por Margarita Rosa de Francisco y Amparo Grisales en 1988.

La iglesia de la Inmaculada Concepción se levantó por los jesuitas hace más de cuatro siglos. Sus muros acogen penumbras que no intimidan, sino que abrigan. El aire huele a cera, a madera húmeda y a historia. Bajo el altar mayor, una figura de rostro tenso y alas crispadas parece estremecer el silencio: el diablo, reclinado entre ángeles que le exigen silencio.

El demonio no habla —explica el padre Camilo Cáceres, párroco del templo—. Está ahí para recordarnos que existe, pero no para gobernar. Los ángeles le dicen: ‘Cállate, no te manifiestes’. El mal siempre estará, pero hay que luchar para vencerlo”.

Su presencia no provoca terror, sino memoria y vigilancia. Afuera, el sol vence la niebla; dentro, la sombra del diablo sigue siendo testigo. Recuerda que la lucha entre el bien y el mal forma parte de la vida diaria, de la historia y del alma de Tópaga.

A pesar de ser uno de los templos más antiguos del país y un centro doctrinero clave durante la evangelización, con los siglos pareció olvidado por las instituciones. Sus muros, testigos del barroco quiteño, del arte en hojilla de oro y de los altares que enseñaban virtud y humildad, permanecieron suspendidos en la indiferencia oficial. Solo en tiempos recientes, la alcaldía municipal ha buscado abrir espacios y ha tocado con insistencia las puertas del Ministerio de Cultura, con el fin de reconocer su valor patrimonial como bien de interés cultural nacional, poniendo así en evidencia un tesoro que nunca dejó de ser el corazón del pueblo.

En el siglo XVII, los jesuitas llegaron con mapas, cánticos y la certeza de que el arte podía enseñar más que las palabras. Para los indígenas que se arrodillaban frente al sol, cada altar era catequesis: figuras que hablaban, esculturas que mostraban el bien y el mal, pinceladas que enseñaban virtud y humildad. En el centro del templo, un altar de espejos antiguos devolvía la imagen de quienes se acercaban.

Mírate —decían los misioneros— y reconoce que eres parte de la creación. Busca parecerte a los santos que se reflejan junto a ti”, añade el párroco. Debajo, en silencio, el diablo observa. No para aterrorizar, sino para recordar que la sombra existe, acompaña al hombre, pero no lo gobierna.

Desde entonces, su figura ha resistido polvo, tiempo y la indiferencia de quienes deberían haber cuidado un patrimonio de valor nacional. En Tópaga, el mal no se oculta: se integra al paisaje, como una piedra más entre la tierra y el cielo.

Dentro, la luz se filtra y pinta destellos sobre muros que guardan siglos de historia, devoción y secretos en sombra. Brilla el Templo de los Espejos, compuesto por 33 cristales que los jesuitas colocaron para guiar la mirada de los indígenas hacia sí mismos. Los indígenas podían verse reflejados y reconocer tanto su espíritu como el significado de divinidad que enseñaban los misioneros. Treinta y tres espejos, según dicen, porque coincidía con la edad de Jesús al morir. Y cada detalle que hoy adorna la iglesia —maderas, ornamentos— data de los años 1600.

Y así, bajo este techo donde la luz y la sombra conviven, Tópaga parece sostener el tiempo en un delicado equilibrio. Cada campanada recuerda la historia, cada reflejo en los espejos invita a mirar hacia adentro, y la figura del diablo, testigo silencioso, mantiene viva la lección de que la oscuridad siempre acompaña, pero nunca gobierna. La memoria del pueblo, sus tradiciones y su fe se entrelazan con los muros, la madera y el oro, formando un tejido que atraviesa siglos. Y mientras el sol se eleva sobre las montañas y el viento mece las calles del pueblo, la iglesia permanece: un lugar donde lo sagrado y lo humano se miran, se reconocen y aprenden a convivir bajo un mismo techo.

***

En Tópaga, la montaña no se limita a dar sombra. Da vida, da trabajo, da memoria. Bajo sus cerros, el carbón late como el corazón del pueblo, marca ritmos que atraviesan generaciones. Entrar a la mina es como entrar en un templo subterráneo: la oscuridad se curva sobre los hombros, el polvo se adhiere a la piel, y el eco del golpe de los picos y martillos parece resonar en la historia misma del lugar. Cada carretillada, cada arrimada, constituye un acto de resistencia y de supervivencia. Afuera, la luz dibuja siluetas en las calles; adentro, la sombra enseña y acompaña.

Pero el carbón no solo alimenta fuego: también guarda memorias y se convierte en arte. Familias enteras tallan figuras en carbón: mineros que golpean la veta, animales, pesebres, imágenes sagradas, escenas precolombinas e iglesias diminutas. Cada golpe de formón conserva la fuerza de la mina y la esencia de la comunidad. El mineral se transforma en belleza tangible, y la memoria de quienes trabajaron la montaña se vuelve visible.

Hace unos 25 años —recuerda Óscar Cuta, habitante, músico y descendiente de mineros—, el señor Floro Álvarez fundó la cooperativa Crecer. La idea era sacar a los jóvenes de la mina y enseñarles otra manera de trabajar el carbón. Allí nacieron las tallas, figuras que no solo muestran la fuerza del minero, sino que convierten el carbón en patrimonio y en tradición familiar. Gracias a eso, niños, jóvenes y adultos aprendieron a tallar, y la disciplina se mantiene viva hasta hoy”.

Óscar señala a las familias que han sostenido la tradición: Lucho Álvarez y Edgar Vázquez, autores de monumentos emblemáticos, y la familia Pongutá, quienes continúan el oficio y transmiten su conocimiento a nuevas generaciones. Cada escultura conserva historias, identidad y memoria, busca transformar el carbón de simple mineral a arte que brilla con esfuerzo y orgullo.

La música converge con la talla del carbón en la historia de Óscar. Fundó el grupo Oro Negro, un homenaje a los mineros, a los talladores y a toda la gente que hace de la tierra su vida. “Mi hermano es licenciado en música, mi sobrino estudia requinto, y mi familia entera ha vivido la música —dice—. Cada concierto empieza igual: ‘Somos Oro Negro, de Tópaga, tierra de la cachanga’. Esa frase es más que presentación: es orgullo, memoria y devoción”.

El grupo llevó el nombre de Tópaga a concursos y televisión, pero cada canción retumba con el polvo de la mina, con la cadencia de los picos y el sudor de quienes sostuvieron la tierra en sus manos. La música y las tallas se encuentran en un mismo homenaje: el carbón más oscuro se convierte en cultura, arte y belleza.

En los talleres, los bloques de carbón esperan su transformación. Cada figura, cada escultura, cuenta la historia de la comunidad que aprendió a mirar más allá de la superficie negra, a descubrir luz en la materia más dura. Cada nota de requinto y cada golpe de formón recuerdan que el trabajo más arduo puede generar creación. Aquí, el oro negro ya no solo se extrae: se escucha y se contempla.

***

Corría el tiempo en que un visitante llegó a la casa cural del municipio. No pedía más que un lugar para quedarse, y el párroco de entonces le ofreció una habitación. El hombre traía consigo una maleta, pero durante días no salió de su cuarto. La curiosidad y la inquietud del sacerdote lo llevaron finalmente a abrir la puerta por la fuerza. Lo que encontraron fue desconcertante: la habitación vacía, y en la maleta… un cuadro de San Judas Tadeo. Desde ese momento, se convirtió en el patrón de Tópaga, y su devoción comenzó a arraigarse entre los habitantes del pueblo.

A lo largo de los años, la fama de San Judas Tadeo creció más allá de los límites del municipio. La historia oral relata cómo, en varias ocasiones, intentaron trasladar el cuadro a otros lugares, pero misteriosamente siempre regresaba a Tópaga, como si el santo mismo eligiera dónde quería quedarse. Los pobladores lo tomaron como señal: aquel era su hogar, y allí se honraría su divinidad.

La devoción al santo se consolidó en torno a su fama de protector de las causas imposibles. La gente del pueblo y de regiones lejanas acudía con esperanza y necesidad: quienes enfrentaban enfermedades graves, problemas familiares complejos o situaciones económicas desesperadas encontraban en San Judas un oído atento y una fuerza que parecía más allá de lo humano. Hoy, incluso, peregrinos llegan desde México y otros países, atraídos por la fama del santo, buscando milagros que muchos aseguran se cumplen. Se escuchan historias de curaciones inesperadas, soluciones milagrosas a conflictos familiares y reconciliaciones imposibles que parecen materializarse tras una oración frente a su imagen.

Los testimonios se multiplican con el tiempo. Algunos cuentan cómo promesas hechas al santo se cumplieron de manera sorprendente; otros relatan encuentros con lo inexplicable que transformaron su fe y su vida. La tradición oral habla también de pequeños milagros, de señales en la naturaleza y de sucesos extraordinarios que acompañan la presencia de San Judas. Entre estos relatos, se mantiene la certeza de que su poder no se limita a Tópaga: quienes creen, lo encuentran donde lo invocan.

La festividad que honra a San Judas Tadeo se celebra tradicionalmente el 28 de octubre. Lo relevante nunca ha sido la fecha exacta, sino el acto de fe que mueve a los creyentes a caminar hasta su altar, a encender velas, a susurrar plegarias y a renovar la esperanza en lo imposible.

Con el tiempo, la devoción a San Judas Tadeo se ha convertido en un hilo invisible que une generaciones. Niños que aprenden a conocer al santo por los relatos de sus abuelos, jóvenes que peregrinan con fe renovada y adultos que cumplen promesas hechas hace años, todos participan de una tradición que combina historia, milagro y misterio. La leyenda y la realidad se entrelazan, y en Tópaga se afirma una certeza que nadie discute: San Judas Tadeo está presente, escucha y protege.

Y así, entre relatos de milagros, visitas de peregrinos de tierras lejanas y la fe constante de quienes lo veneran, permanece San Judas Tadeo en Tópaga, como se ha dicho durante siglos… y eso es lo que se dice.

***

Entre el humo de las velas, el aroma de la pólvora y el repique constante de las campanas de la iglesia, surge un guardián silencioso: Juan Aliso. No es un hombre ni un santo; es un palo de mangle, antiguo y firme, que hace cincuenta años presidía las comparsas de las festividades del pueblo y que, gracias al más reciente alcalde, Juvenal Torres, volvió a ocupar su lugar en el corazón de la tradición.

Juan Aliso encabeza los Toros de Candela, la procesión que abre las fiestas desde el miércoles hasta el domingo durante la última semana de febrero. Su sola presencia guía la música de la banda papayera, el estallido de los cohetes y el ritual de la pólvora que da forma al espíritu de Tópaga. Cada chispa encendida, cada horqueta de fuego que se posa sobre la plaza, recuerda que la memoria del pueblo no reside solo en la iglesia ni en los cimientos antiguos: está en los ritos que se repiten, en los gestos transmitidos de generación en generación, en la fe que se mezcla con respeto por la tierra y por los ancestros.

Antiguamente, las mujeres que aún no se casaban se acercaban a Juan Aliso, prendían la pólvora y pedían su bendición; según la tradición, pronto encontraban pareja. Hoy, cada repique de la banda papayera, cada cohete que rompe el cielo, recuerda que Tópaga se define por sus costumbres, sus historias y su identidad.

Meses después, el Festival Nacional de la Cachanga, celebrado cada segundo fin de semana de julio, se convierte en el corazón de esta tradición. La cachanga es más que un calzado: es identidad. Originalmente, estas cotizas se fabricaban de fique o cuero para los animales, facilitando su transporte desde los llanos cazonarios hacia el centro y oriente del país. Por eso, quienes viven en Tópaga llevan con orgullo el apodo de “cachangones”. Hoy, la cachanga se elabora artesanalmente, con hilos de colores y patrones únicos, y quienes la calzan sienten la comodidad y la fuerza de una tradición que ha resistido el paso del tiempo.

El calendario festivo de Tópaga incluye también otras celebraciones que refuerzan la identidad y la comunidad: las fiestas en honor a San Judas Tadeo, con cabalgatas, concursos de destrezas mineras y ferias bovinas, y el Aguinaldo Tópaguense, cuando los hijos del pueblo regresan para recorrer las calles con carrozas y comparsas, y así se unen pasado y presente en un mismo festejo.

Aquí, en este rincón de Boyacá, ser cachangón significa más que un apodo: es pertenencia, memoria y orgullo. Es caminar por calles llenas de tradición, levantar la mirada al cielo iluminado por la pólvora y sentir que cada chispa forma parte de un pasado que sigue vivo y de un presente que celebra con fuerza. La cachanga, las comparsas, la música y Juan Aliso forman un mismo relato: un pueblo que transforma la historia en celebración, que convierte la memoria en danza, carbón tallado y color.

***

Juliana Torres sabe que su corazón late entre dos pueblos: Sogamoso y Tópaga. Pero es este último el que la llama siempre de vuelta.

Mis abuelos se llamaban Antonio María Torres y Bertha María Cristancho —cuenta—. Ambos eran de Tópaga, toda su familia era de acá. Mi ascendencia es de Tópaga y por eso siempre vuelvo”.

Aunque vive hoy en Bogotá, sus recuerdos son mapas de labor, de amor y de constancia. Antonio María y Bertha María fueron campesinos que cultivaban cebada, papa y trigo, cuidaban vacas, ovejas, gallinas y caballos.

Todo lo que consiguieron fue a punta de trabajo —dice Juliana—. Se levantaban a las tres o cuatro de la mañana y se acostaban a las siete de la noche. Se privaron de muchas cosas, pero fueron muy adelantados para su época”.

La admiración se mezcla con la disciplina y la generosidad. Antonio María apenas estudió hasta tercer grado, pero entendió que la educación era un puente hacia el futuro. Pagó internados, financió estudios en pueblos cercanos y enseñó a sus hijos a buscar conocimiento sin temor a equivocarse. Bertha María, devota y conservadora, era el corazón del hogar, guardiana de la fe y de la armonía familiar. Juntos construyeron un equilibrio que aún persiste en la memoria de sus nietos.

Hoy entiendo que en la simpleza de la vida cotidiana de mis abuelos había más valores, virtudes y principios que en muchas cosas que aprendemos después —reflexiona Juliana—. Y el amor que siente por Tópaga atraviesa sus raíces.

Saber que mis abuelos vivieron aquí, que trabajaron esta tierra y nos dejaron su legado, es lo que me conecta profundamente con este lugar”.

Ese amor se traduce en pertenencia y continuidad. La casa de los abuelos sigue en pie, intacta, como un monumento a su esfuerzo. Cada ladrillo y cada teja llevan la memoria de generaciones que soportaron hambre, frío y privaciones, pero que jamás dejaron de enseñar a sus hijos y nietos que la vida vale la pena por la dedicación, la honestidad y la humildad.

La historia personal de los abuelos se entrelaza con la del pueblo. El abuelo de Juliana salió desde muy niño rumbo al Tolima en busca de trabajo, pero al tener que huir de la violencia bipartidista regresó a su tierra natal cuando la vida le obligó.

Siempre nos decía: ‘Nunca se olviden de venir a Tópaga. Aquí tienen su casa’. Y tenía razón. Hoy, aunque mis abuelos ya no están, la casa y la memoria que dejaron son nuestra raíz, puente de conexión con este pueblo”.

Aquí, los nombres de los abuelos, las historias de las familias y las casas que resisten el tiempo son hilos que atan a las personas entre sí y con la tierra. Cada gesto cotidiano —un saludo, un rezo, un gesto de trabajo— es un acto de memoria. Las familias vuelven, aunque sea en espíritu, y la historia de cada hogar se mezcla con la historia del pueblo, crea un tejido humano que convierte a Tópaga en algo más que un lugar: un hogar colectivo, en donde el pasado y presente se encuentran, y la vida de los abuelos y su sabiduría guía los pasos de quienes los suceden.

El templo es el corazón visible del pueblo, pero lo sagrado no se limita a las alturas. Está en los espejos que reflejan destellos de luz, en las manos de quienes trabajan el carbón, en los ojos de los niños que corren por las calles, y en la perseverancia de quienes cada día se adentran en el socavón.

Cada familia tiene su relato: abuelos campesinos, abuelas devotas, promesas hechas frente al altar. Cada casa llega a ser un legado y cada calle un registro de la memoria.

Perfil de la autora: 

Catalina Porras Suárez es periodista y creadora audiovisual. Su trabajo integra investigación, crónica y periodismo de soluciones para acercar el conocimiento científico a la vida cotidiana. Ha escrito para medios como Bienestar Colsanitas y Bacánika, y desarrolla contenidos que exploran las experiencias humanas desde la empatía y la observación cuidadosa. Le interesan los relatos que muestran cómo las personas resisten, crean y transforman sus entornos, y cómo esos procesos se reflejan en el cuerpo, la comunidad y la vida diaria. Su escritura parte de usar la palabra y la imagen como puentes entre lo íntimo y lo colectivo.

Comparte:
Share

Comments are closed.

//]]>