Por: Esteban Ortiz Montoya
Segundo lugar en la primera versión del Concurso Relatos de País
“Y al eco de las aves que en la tarde suspiran,
se adormece el ensueño de la selva que expira.”
José Asunción Silva
Al descender hacia el río Anchicayá, la carretera se nos reveló como un vestigio abandonado de la era republicana. Lo que en su tiempo fue la majestuosa vía Simón Bolívar, que conectaba a Colombia con el Pacífico, hoy no es más que una trocha de barro y desmemoria. En Santiago de Cali, la capital del suroccidente colombiano, la estatua de Sebastián de Belalcázar todavía señala la ruta hacia el mar, pero la negligencia de generaciones y la construcción de caminos más rápidos y eficientes relegaron esta vía antigua al olvido, como si la historia de este país hubiera decidido no descender más por aquel camino.

Aquella mañana viajábamos en busca de aves selváticas, en un vehículo del que nos advirtieron: “A partir de este punto, deben bajar las ventanas; ellos —los guerrilleros— necesitan ver sus rostros y confirmar quiénes bajan por esta trocha”. El guía que nos acompañaba era un hombre respetado en la región, conocido por haber dedicado más de quince años a atender los problemas dentales de sus habitantes. Su legado de bienestar dental era nuestro principal salvoconducto en el trayecto.
El abismo se abría a la izquierda como una boca insaciable, devorando el eco de los frenos fatigados. La vegetación, fresca y voraz, cerraba cada curva con un silencio selvático milenario. En el aire flotaba un aroma húmedo y metálico, como si los árboles respiraran con pesadez, recordándonos que no éramos dueños del lugar, apenas intrusos tolerados con indiferencia. A cada kilómetro, el temor se mezclaba con la fascinación: esa certeza contradictoria de adentrarse en un territorio bendecido por los dioses secretos de la selva y maldecido por la guerra entre los hombres.
Despertábamos con las bruscas frenadas del conductor avezado y saludábamos con la mano alzada a quienes aparecían en el camino. El guía, dueño de una memoria prodigiosa, reconocía a cada persona por su nombre y lo gritaba a todo pulmón, como si al invocar esos rostros conocidos disipara la incertidumbre de la ruta.
En medio de la romería de nombres surgió una visión insólita: una estatua de la Virgen María, erguida sobre un pedestal de cemento húmedo y descascarado, cubierta de musgo y telarañas, como si la fe hubiera querido incrustar su eternidad en una tierra que ya tenía sus propios dioses. Bajo la lluvia perpetua, la figura angelical parecía librar un combate interminable contra los espíritus de la selva, que nunca necesitaron templos ni íconos para perdurar.
En aquella imagen inmóvil se condensaba una de las violencias más antiguas del continente: la imposición de un dios único con sangre y espada, resistida por las divinidades invisibles del río, del trueno y de los árboles. La Virgen, absorta, permanecía rodeada por la indiferencia vegetal de un politeísmo que jamás murió. En el aire flotaba el choque de esas fuerzas irreconciliables: una guerra inmemorial sin vencedores ni vencidos.
Fue allí, en un recodo de barro, donde Brayan subió al vehículo: un joven de ojos atentos, sonrisa insinuada y timidez evidente, recomendado por nuestro guía principal. En estas tierras marcadas por la ignominia, él era otro salvoconducto.
Escucharlo era como respirar palabras frescas en medio del sopor. Hablaba poco, pero cuando lo hacía se refería a las aves que empezaba a conocer con la devoción de un sacerdote en formación, como si en cada pluma se escondiera la redención que buscaba. Nunca lo confesó, pero se intuía su anhelo: escapar de la condena de haber nacido en esa Colombia profunda y olvidada, abrirse camino con binoculares y no con fusiles, demostrar que el canto de un pájaro podía valer más que una onza de oro o un gramo de polvo blanco.
En su relato se filtró la verdad cruda del territorio. Contó la historia de un hombre que había muerto en silencio porque otro, aún más silencioso, lo había matado. El motivo era un secreto a voces: había mancillado a una niña. El pueblo no lloró al difunto ni pidió justicia, porque en la espesura del Pacífico la justicia se cobra con las propias manos y la memoria se entierra bajo la ley del silencio. Allí, la venganza no es crimen, sino reparación celebrada en murmullos, como si en la profundidad de la manigua se absolviera el pecado de matar.
En contraste con esa tragedia callada, la jungla se abría con dones inigualables. Increíbles aves aguardaban para ser reveladas una a una. Descendimos del vehículo y seguimos a pie: la trocha se había cerrado por completo y el follaje recobraba su poder absoluto. A partir de allí, una arboleda casi intacta se desplegó ante nuestros ojos ávidos; la incertidumbre era parte del asombro, como si cada ave perteneciera a otro mundo.
Entre los árboles milenarios, cubiertos de líquenes de todas las formas y colores, emergió el poderoso Tucán Guarumero (Ramphastos ambiguus), un relámpago negro y amarillo, un dios pagano posado en las ramas lejanas. Su mirada erguida y, sobre todo, su pico como lanza nos obligaron a volver los ojos al cielo, buscando luz en medio de una frondosidad tupida y celosa. La fotografía resultante apenas insinuaba el impacto que nos produjo esa especie icónica del Pacífico. Un guardián de la selva había quedado expuesto.
Más abajo apareció el colibrí Hadita coliblanco (Heliothryx barroti), un resplandor en busca de compañía: encandelillaba con su pecho blanco y su corona esmeralda, suspendido en el aire como una oración en movimiento.
Y entre las sombras, casi oculta en el follaje, surgió la Tángara Chocosito escarlata (Chrysothlypis salmoni), un pequeño cometa de fuego extraviado en la espesura. Era como si la espesura quisiera recordarnos que, incluso entre lo desconocido, persistía una belleza que no necesitaba testigos. Los cuatro que estábamos allí anhelábamos más aves, como en una procesión en busca de nuevos íconos alados a quienes adorar.
Al caer la tarde, la humedad nos había calado hasta los huesos y el cansancio pesaba como una piedra húmeda sobre la espalda. Lo que en la bajada había sido ansiedad y vértigo, en el regreso se convirtió en un ascenso sinuoso e implacable, un vaivén que parecía probar nuestra resistencia. Comprendimos entonces que la selva del Pacífico no era un simple punto en el mapa: era un laberinto que nunca entrega todo de una vez. De las noventa especies registradas, apenas alcanzamos a rozar una mínima parte de sus habitantes alados, y sin embargo esa fracción bastaba para colmar cualquier fatiga. Nuestra extensa jornada de pajareo fue un ritual cumplido: los ojos atiborrados de asombro, los cuerpos rendidos ante la belleza indómita del Anchicayá, un rincón oculto de pinceladas aladas imposibles de olvidar.
De regreso nos detuvimos en la casa de doña Dora. Nos despedimos de Brayan con un apretón de manos y la promesa de volver. Días después le enviamos la fotografía del Tucán Guarumero como agradecimiento por su compañía. En el reverso escribimos: “Que el mundo de las aves guíe tu destino”.
Pero el tiempo de los hombres, despiadado en estas tierras, no tuvo clemencia con él. Meses más tarde, la noticia nos atravesó como una puñalada: a Brayan lo habían asesinado en Cisneros, otro rincón olvidado del Pacífico, sin juicio ni duelo, como si su vida hubiera sido apenas un error. Su destino había sido breve, demasiado breve. Sentimos que el peso de nuestra inconsciencia se desplomaba con la violencia de un diluvio. Fallamos otra vez como sociedad. Permitimos que un muchacho que soñaba con aves terminara reducido a una cifra anónima, a un nombre relegado a una nota fría en un periódico local, a un eco más en la interminable letanía de jóvenes muertos en Colombia.
Y entendimos, con amarga claridad y un silencio que no se ha ido, que no hay esperanza posible para un país que asesina a quienes buscan aliento más allá de las cadenas del comercio ilícito.
Mientras este pensamiento de un país inviable se aloja en nuestra conciencia, en el Bajo Anchicayá los tucanes seguirán custodiando, los colibríes seguirán brillando como espejismos y las tángaras seguirán encendiendo la jungla con su fuego íntimo. La Virgen permanecerá en combate perpetuo con los dioses del trueno y del agua, y ninguno acudirá a salvarnos. Porque nosotros, los hombres, estamos condenados a la desolación: a dar tumbos en una selva donde la belleza es imperecedera y la humanidad, en cambio, no merece eternidad alguna.
Perfil del autor:
Esteban Ortiz Montoya es psicólogo (1998) y magíster en Educación (2002) por la Universidad Javeriana de Bogotá. Desde los primeros pasos de su vida profesional ha defendido una convicción esencial: el desarrollo humano es la raíz de toda transformación profunda. Como formador y consultor ha impulsado que instituciones educativas y organizaciones empresariales se conviertan en espacios donde florezcan la confianza, el crecimiento personal y la capacidad de reinventarse. Ha dirigido organizaciones sociales como la Fundación Scarpetta Gnecco, Terranova consultores, Gimnasio los Caobos y ha aportado su experiencia en distintos momentos del sector público, en entidades como la Alcaldía de Cali, Metrocali, el Ministerio de Educación Nacional y la Secretaría de Educación de Bogotá, entre otras, siempre con la premisa de que el servicio y la educación pueden abrir caminos de oportunidad.
Paralelo a su labor educativa y narrativa, desde la pandemia, Esteban es fotógrafo de aves y naturaleza. Su obra —publicada por instituciones como el Banco de Occidente, DAGMA, la Alcaldía de Cali, Audubon, la Universidad Javeriana Cali, la CVC , Reino Alado y Maloka — ha contribuido a revelar la extraordinaria diversidad de la avifauna colombiana. Sus imágenes, expuestas en espacios culturales, académicos, comerciales y empresariales de Cali, acercan al público a la riqueza natural del país y buscan despertar una sensibilidad renovada frente a la riqueza de las aves en Colombia. Tiene cuentas en Twitter: @AvistarColombia e Instagram: avistar_colombia donde difunde las maravillas del reino alado colombiano.